A mi Tatá

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tata WOMANWORD

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Mi lusero Camina despacio y va siempre por delante…
Hoy, siempre.
Poderte dar la mano en este momento es lo único que importa. El resto en pausa, desvanecido. El tiempo detenido en esta cama, en este cuarto. La familia reunida de nuevo entorno a ti.
Que mis días los coronen tus calendarios y la cuchara que me daba el yogur con mimo torne ahora de mis manos a tu boca. Tiempo. Tiempo es lo único que pido y lo que tengo. Presente y nada más. El aprendizaje más difícil, la paz más anhelada. La ira que me come el pecho y la dulzura que exhalo cada día cuando me siento junto a ti. Que todo pare y que este segundo sea para nosotras. Nada más.
Hoy, siempre.
A la tata le gustaba mucho que la leyera en voz alta las cosas que escribo y siempre me miraba orgullosa y me decia que era precioso, me pedía más letras y más vídeos para conocer el mundo a través de mis pasos y palabras, siempre quería más palabras y me decía que de donde me salían tantas y al final, me pidió que con todas las que tengo  escribiera su historia.
Esto es lo último que escribí a su lado y que le leí en voz alta y despacito. «a ver, dímelo otra vez», me pedía. Y luego añadía…. Rosiooooo… Con esa expresión tan suya, tan característica y tan llena de significado. Aún no sé hablar de ti en pasado y creo que no sabré nunca por que eres mis raíces, mi viento en las alas y mi hogar en el mundo.
Eres mi corazón y conmigo lates llena de vida y presente.
No hacían fata palabras y me sentía realizada al completo. Ese era su don especial hacernos sentir a cada uno invencibles, protegidos y abrazados. «eres la mejor del mundo, mi vida entera» y con su mirada segura y su corazón enorme, ya me sentía única e invencible. Capaz de todo. La magia en mis días tristes la fuerza en los vencidos y la luz en mis victorias.
Esto es lo último que le leí.
Vivo una época rara, la más temida y sin embargo, lo hago desde la tranquilidad de los pasos pequeños dados seguros desde una talla 36 en unas pantuflas  que no titubean.
Tengo ojeras que marcan la cuna de las lágrimas que no logro retener y dejo que fluyan en curso libre limpiando lo que pesa por dentro.
Mi pelo tiene dos colores, el del sol de fuera y el del calor del hogar por dentro.
He pintado mi casa de blanco, con detalles dorados de luz y el verde de las plantas que con nombres propios me rodean, para que la veas bonita. Para sonreír cada mañana cuando la luz dorada amanece entre sus puertas y de noche deja que la luna se cuele por la ventana.
Me he acostumbrado a escribir amor con cuatro patas y a sentir su presencia constante entorno a mi, como un aliento cálido creando hogar, a gusto en las raíces que construíste con esfuerzo titánico. Eres mi ejemplo.
Decoro por fuera para sonreír por dentro y tomar tu mano cada tarde y sentirla cada día más fría y más pequeña.
Vivo presente escurriendo los segundos y el sonido de tu risa entre mi instinto y te acuno como hacías conmigo y te enrrabieto como siempre he hecho desde que tengo uso de razón y te conozco y miraba por debajo de tu vestido tirada en el suelo, tronchada de risa.
Te llamo Tatá desde siempre y tardé mucho tiempo en comprender que también te llamabas Carmela. Nombre de cuna, sangre y fuego Carmen Utrilla Moya, de copla entonada con dulce voz, huevos fritos con patatas y el dobladillo bien hecho.
Cada tarde me acurruco en ti y hablamos de documentales, de plantas, de cocina, del futuro y de recuerdos. «Todo va llegando», me dices y me aconsejas, me preparas para tu partida y te escucho atenta, tomando nota mientras me acaricias la cara. «Estoy orgullosa de ti, de la mujer en que te has convertido», me dices.
Cuando ese «todo» llegue seguiré escuchando tu voz en la distancia y como en cada uno de mis viajes me decías, te devolveré el mensaje para el tuyo y «cuando te sientas sola, escucha, soy yo que te quiero en la distancia». Por y para siempre.
La más valiente de todas, tatá, eres tú.
Desde mi brazo derecho, Pepe me recuerda que la ternura nos hace fuertes. Tres puntos en mi muñeca izquierda me piden que continúe y yo, me siento y bajo la luz, entre las sombras, miro de frente y lo hago tranquila. Soy, por fin, transparente como la gota de agua que conforma mi nombre y ya no tengo miedo.
Estoy orgullosa de ti.
Te quiero, tatá, más que a nada en este mundo, por encima de mí por y para siempre.
Seguiré cantando por ti por que como tú decías, qué triste está uno cuando no tiene ganas de cantar.
Y por cierto, guapa… Guapa tú.
Gracias por todo, mi faro. Mi lugar del mundo al que volver y ahora la estrella que seguir, mi lucero.
Si hoy soy es porque tú lo has hecho posible.
Con toda mi alma. Te quiero.
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