Qué ver en Tailandia: Viajar a Ayyuthaya

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Ayutthaya es una de las paradas obligatorias de todo viajero en Tailandia. Te cuento la verdad sobre éste lugar, qué ver, cómo llegar, cómo moverte. Todo.

¿Qué ver en Tailandia?

He recorrido todo Tailandia desde mi aventura #ViajarNoTieneGénero #6paísesen60días

Hoy os cuento el comienzo y el final de mi viaje, mi entrada y salida en éste país, su capital: ¡Bangkok!

No te pierdas el vídeo donde podrás ver y vivir conmigo toda mi aventura descubriendo la ciudad de Bangkok en directo y el comienzo del viaje en tren hasta Ayyuthaya, tren nocturno hasta Chiang Mai y más de 300 curvas hasta Pai.

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Todas mis fotos en Instagram: @Woman_Word en mi aventura en el hashtag #VIAJARNOTIENEGÉNERO  y todo el viaje en directo en mis destacados: BANGKOK, AYUTTHAYA, CHIANG MAI  y PAI.

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Comenzamos…

Ayutthata: STOP ELEFANTES

Si pienso en Ayutthaya, pienso en elefantes maltratados, de mirada triste, cabizbajos, expoliados, de paso inseguro, débil, arrastrado, humillados en su fortaleza bajo el látigo del maltrato diario con turistas divertidos sobre su dolorida espalda. Si pienso en Ayutthaya no siento la paz de sus templos sino el dolor de sus animales.

Pero no hablemos de esto aún y déjenme que les cuente cómo fue mi viaje hasta ésta ciudad, la ciudad de los templos.

Siempre creí que Ayutthaya se hallaba ubicada en el corazón de la selva, la imaginaba así, recorriendo los templos como en México, a través de los árboles, desenterrándoles de entre sus raíces, esas que aquí latiendo sagradas, cuentan las leyendas que salvaron las cabezas cortadas de los budas que rodaron por la tierra una vez arrebatadas de sus cuerpos durante la cruel revolución birmana.

Cogí un taxi hasta la estación de tren de Bangkok, a gritos entre mi desesperación por la hora y la tranquilidad y falta de comprensión de la taquillera, conseguí un billete por la mitad de precio que ella quería cobrarme y por 300 baths, segunda clase, sin reserva, comida y aire acondicionado, viajaba hasta Ayutthaya.

Otra opción era el vagón sin aire acondicionado y sin asiento por 15 baths, casi el mismo precio que entrar al baño de la estación, donde sus simpáticas cucarachas te saludan mientras intentas no mojarte los pies en el hoyito del suelo. (Por eso siempre recomiendo llevar con vosotros higienizador de manos, para los pies, toallitas y vuestro propio papel wc)

Una vez en el tren, una simpática tailandesa, me explica dónde poner mi maleta y los pies, me ayuda a abrir la bandejita de la comida, insertada en la pared que tenemos delante y mientras vemos salir una cucaracha de la misma, ponen mi bandeja de comida sobre ella: Arroz, huevo negro y una especie de pollo espaciado. Sin pensar y para dentro, estaba delicioso.

Al llegar a la ciudad, dejo mi maleta en la consigna de la estación, me compro un zumo de mango natural (una delicia en Tailandia) y negocio con un conductor de tuk tuk el precio por todo el día conmigo y la visita de todos los templos que dé tiempo en ese periodo. Por 700 baths pongo rumbo a descubrir la ciudad sagrada.

Recuerda, es mucho mejor que des trabajo a un local a que expolies la libertad de un animal salvaje.

De templo en templo, por la carretera y apartando turistas, crece el desencanto por ésta atracción turística. Cuando llego a la cabeza entre las raíces, la tristeza me inunda. Sólo una pared que parece un photocall me recibe. No es hasta llegar a los templos de la periferia que consigo encontrar la historia latente, la sonrisa de sus gentes y su estilo de vida real.

Tailandia es un país desgastado por el turismo, prostituido y abandonado. Encontrar retazos de verdad en sus paisajes es una ardua tarea, pero cuando sucede, la magia eleva y el viaje, merece la pena.

La convivencia a través de las culturas es una de las experiencias más hermosas que existen. Aprender de los otros y ser aceptado, compartir y ser parte, humilde, agradecido, engrandece. Me siento de rodillas sobre la piedra y escucho el silencio rodeada por los fieles que muestran amor al cuerpo de un buda calcinado y sin cabeza y mirándoles concentrados, con los ojos cerrados y las manos en loto, alzo la vista hacia el cuerpo de piedra custodiado por las pagodas, rodeado por el rubor de río y de repente, una calma magnífica me inunda, cierro los ojos y me dejo llevar. Sin sorpresa descubro como la comisura de mis labios se ha erguido hacia arriba, al igual que mi pecho, los hombros bajan y exhalo: Gracias.

De vuelta en la estación, sudada tras todo el día caminando, ceno unos pinchos de pollo a la brasa y espero mi tren nocturno. Mi ducha, unas toallitas. Mi cama, dos asientos hechos litera. Mi puerta, una cortinilla descolgada. Mis vistas, el verde de Tailandia en vergel hacia el norte del país.

Había reservado un vagón de «solo chicas», pero es una ilusión. No existe. Al menos, duermo tranquila y llego a las 7 de la mañana a Chiang Mai, dispuesta a vivir una nueva aventura. Me dejo dormir con el traqueteo del vagón y despierto con una ventana plagada de verde y el olor de café recién hecho.

Seguimos viajando…

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