Murió en el parque una mañana de invierno

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Hoy, mi sección Pensamientos de una viandante, se la dedico a él, a Luís, al hombre que acabo de ver morir en la calle.

A ti, viandante seguro de tus pasos, a ti te dedico el cielo celeste bajo el que escribo, el mismo que miraste por última vez.

Venía riendo, pensando en sus cosas, la mirada celeste, tornando al verde de los primeros brotes. La calle helaba y caminaba despacio, como queriendo medir el espacio recorrido con sus pequeños pies de la talla 36. Primero uno, luego el otro y se echaba a reír pensando en algo gracioso que se le había ocurrido. Así iba, sin prisa, volviendo a casa después de haber hecho ejercicio, después de haberse levantado al amanecer para poner su cuerpo en forma. Así caminaba, despacio, tranquila, presente y feliz, hasta que llegó al parque.

Esa mañana, él se levantó sin reloj, hacía mucho tiempo que no tenía la necesidad de despertarse tras los sonidos metálicos del despertador. Toda una vida de trabajo en la carnicería del barrio le habían acostumbrado a abrir los ojos cuando el rocío aún peinaba las frías calles desiertas.

Hizo café y tomó una tostada con tomate y aceite de oliva, ahora sólo le gustaba el virgen extra y se daba el capricho. Abrió el bote de pastillas y tomó las seis o siete que le había recetado el médico de la seguridad social esa semana. Una para esto, otra para aquello y otra más por si acaso… «¡Será por pastillas! Nos enseñan a drogarnos, a sentirnos dependientes, a vivir con miedo y nos dejan morir a nuestra suerte…», pensó con funesta sonrisa, mientras se terminaba de abrochar las zapatillas de andar y bajaba con sigilo la chamberga azul que le había regalado esa navidad su mujer, para que estuviese «calentito» en sus caminatas matutinas, le dijo con cariño cuando se la dio.

Subió la cremallera y puso rumbo a la calle.

Siempre hacía el mismo recorrido, desde su portal, cruzando la larga avenida hasta el parque donde los perros corren alocados ladrando agresivos sin correa, los humanos les huyen por los aledaños, los dueños zascandilean con las manos en los bolsillos y exhalan un débil: «Tobieeeee», cuando uno de los canes hace llorar a algún niño, tira alguna abuela o ataca a alguna yoghi. Detrás, los latinos marcaban la arena con tiza blanca y se disponían a comenzar su partida diaria de beisbol con reggeaton sonando a todo trapo.

Le gustaba ese camino. Con el tiempo, había hecho amigos y conocidos de andar y les saludaba amable, se preguntaban el nombre y se acompañaban en diferentes tramos hablando del tiempo y de los nuevos dolores que aparecían en el cuerpo. Era divertido. Era su nueva rutina de jubilado y se sentía feliz y en forma, por haber tomado la decisión de salir a caminar cada día.

Esa mañana había madrugado más de lo normal, sus amigos aún no habían aparecido en el camino y la luz del sol comenzaba a subir entre la niebla dejando ver el cielo azul. Estaba tranquilo y se sentía feliz, muy feliz. Un calor le subía por el pecho, «el ejercicio», pensó. El frío hacía que le picase la nariz y los dedos se le quedasen rígidos. Tosió fuerte y le dolió el pecho, la noche anterior debió haber cogido frío en el sofá por terminar de ver la película de la uno y comerse lo que quedaba de turrón. Siguió andado liviano y volvió a toser, esta vez quedó doblado.

Se asustó un poco cuando vio que la vista se le nublaba y comenzaba a perder la fuerza de las piernas. Anduvo mareado hasta el césped cubierto de escarcha y de desplomó a la vez que, a su espalda, escuchaba la voz de sus amigos gritando su nombre: «¡¡Luís…!!»

Quedo tumbado, boca arriba sobre la escarcha, fría y húmeda deshaciéndose bajo su espalda. Miraba el cielo azul y veía como las nubes se abrían dejando un claro turquesa sobre él. El cielo estaba precioso y esos rayos calentaban tímidamente la tierra sobre la que yacía.

Cuando sus amigos, los dueños de los perros, correa en mano; los paisanos que caminaban por los aledaños al parque, bajo las peladas copas de los árboles y los jugadores de beisboll se acercaron en círculo a él, ya no era capaz de escucharles, estaba lejos, muy lejos de allí. Fue entonces cuando su corazón dejó de latir.

No escuchó las suplicas al cielo, ni la llamada al 012, no oyó como sus amigos lloraban presa del pánico, ni cómo las ambulancias hacían estruendo pidiendo paso y abriendo camino. Tampoco supo cuándo llegó la policía a dar parte, ni tampoco sabría jamás que su mujer conocería por la voz de una extraña con los ojos del color del cielo que quedó mirando sin vida, que ya no volvería a casa.

Ella bajaba cantando, sin cascos, cantando en voz alta como le gustaba hacer al pasear por ese descampado que con cariño llamaba «parque». Le daban miedo los perros, así que se preparaba a entrar en el camino que rodeaba la arena, bajo los árboles, mirando con recelo la loma, para ver cuántos perros salvajes se encontraría esta vez y se sorprendió al verlos a todos atados, muy quietos, bajo el abrigo de sus dueños. Entornaba los ojos para agudizar la visión, cuando el sonido de una ambulancia la asustó cortando el paso, primero una, luego otra y luego otra más. Siguió andando, mientras sus ojos seguían las luces de alarma.

Un hombre yacía en el suelo, sobre él tres chalecos amarillos y el movimiento de una RCP. Rcp,  rcp, rcp y descanso, «¿por qué para?» El auxiliar se limpiaba la frente mientras los otros dos chalecos le miraban sin hacer nada. Nada.

De nuevo, volvía al movimiento, ella sabía que éste había de ser constante y sin descanso, pero el hombre era grueso, el suelo helado y el día frío. El chaleco amarillo no podía seguir el ritmo y paraba demasiadas veces. Cambio de turno y el bamboleo sobre el cadáver, una y otra y otra vez.

Rcp, rcp, rcp… cambio de turno… rcp, rcp, rcp… en ese momento llegaba una ambulancia, tres señoras lloraban abrazadas, los dueños de los perros guardaban silencio con sus animales atados, cerca de ellos. Ya no había música de reggeaton y las gorras de visera plana pendían de sus manos.

El masaje continuaba convulso y la policía aseguraba la zona, apuntaba muchas cosas, hacía preguntas y mandaba a casa: «Aquí no hay nada que ver». El cuerpo estaba inerte, se movía la barriga arriba y abajo por el bamboleo de las fuertes manos presionando el pecho una y otra y otra vez, sin respuesta.

El cuerpo estaba inerte, frío, solo. Nadie había ya en él. Parecía un muñeco abandonado. Solo. Había silencio. Hacía frío. Muchísimo frío.

Se alejó despacio, sin entender lo dantesco de la situación, la crueldad de la muerte, la frialdad de la vida. Se alejó despacio, ya no tenía ganas de cantar.

En el camino, dejando a la espalda el cuerpo tumbado, se cruzó con uno de los amigos de andar:

– ¿Era usted amigo suyo?

– Eramos amigos de andar, yo sé donde vive, a veces le acompañaba hasta su portal… no me lo puedo creer

-¿Han llamado ustedes a su mujer?

-Pero hija si yo no tengo su teléfono, ni nada, sólo nos conocíamos de andar

-Pero alguien tiene que ir a su casa a decirle a su mujer que no va a volver…

-Es que tengo que irme al aeropuerto, que llega mi hija…

-Pero alguien tiene que avisar a la familia, le van a estar esperando y no va a volver, alguien tiene que decirles que está tirado en el descampado, que le están haciendo una rcp, que no responde…

-Es que yo tengo mucha prisa, hija

– ¿Dónde vive?

Y así fue como encaminó sus pasos, sin saber ni qué decir, en busca de la mujer de Luís, que a tan sólo unos metros de su marido, hacía la comida para dos.

 

La vida es un ratito, demasiado corto, demasiado mal aprovechado. Vivimos egoístas, sin decirnos que nos queremos, sin aprender a amar ni a ser amados, pasamos de puntillas por las vidas de los otros y escondemos la nuestra por miedos atroces que nos aíslan. Vivimos solos y morimos tumbados sobre la escarcha, un día de sol, sin que nadie tenga tiempo de quedarse a nuestro lado. Correr dejando morir las cosas, muriendo mientras las nubes se apartan en el cielo y la vida se apaga.

A Luís. 4 de enero de 2019. Madrid.

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2 comentarios

  1. Flor silvestre on

    Sobrecogedor artículo, me has hecho pensar en la fugacidad de la vida y me he entristecido….justo en el momento en el que ha sucedido todo, reía con los reyes magos que han venido a visitarnos al trabajo…que paradoja!!!!

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