DOHA: Descubrir Qatar en una escala

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Descubrir Qatar en una escala: BIENVENIDOS A DOHA

Un día de viaje en Qatar, con una escalas de varias horas, desde Málaga a Bangkok o desde Bangkok a Málaga, como fue mi caso, permite descubrir su capital al completo. Así es, la aún por estrenar, ciudad de Doha.

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Sigue leyendo. Las fotos te esperan más abajo.

En tan poco tiempo, he tenido la oportunidad de vivir diferentes experiencias que merece la pena relatar para dibujar una idea de como es la ciudad creada en el desierto.

Mi primera experiencia en el aeropuerto, fue ruda y cruel, diferente y cargada de prejuicio. Con el corazón cargado de Andalucía, tras mi cobertura en Málaga, la cuál podréis leer y ver muy pronto (aunque ya os espera en los destacados de mi bio en instagram), puse rumbo a Doha, la capital de Qatar. En ella descubrí una ciudad de hombres, donde las mujeres no pisan la calle, ni las salas de espera de los aeropuertos si no van acompañadas de su pareja: Un hombre.

Esperando en una pequeña escala, me di de lleno con mi primer choque cultural. Acababa de aterrizar, ya llevaba siete horas volando y apenas una escala de una hora para poder coger el siguiente vuelo que, a su vez, tenía escala con otro más. Sentada en la terminal, sin acceso al wifi y sin que mi teléfono actualizase el huso horario, tuve que girarme para preguntarle a la persona que estaba a mi lado la hora, para poder actualizar mi reloj y coger en hora mi siguiente vuelo. Para mi sorpresa, esa persona era un hombre. Me miró directamente con odio e ira. Se levantó lentamente y mientras se alejaba, no dudo en llamarme “puta”, con absoluta libertad y displicencia.

A su vez, otro hombre que había presenciado la escena, se acercó a mí y me explicó, con el mismo asco hacia mi persona, que las mujeres en esta parte del mundo, no hablan directamente con los hombres y mucho menos les miran directamente a los ojos, a lo que añadió que eran las ocho y media y que si viajaba sola, debía esperar en la sala de mujeres.

Consternada comencé a pasearme por ésta zona del aeropuerto, muy diferente a la que encontraría en mi siguiente escala de vuelta a casa, en la zona internacional, donde el aeropuerto dispone, además de innumerables tiendas de oro, marcas de alta costura y salas de oración; de hotel, spa y hasta piscina y donde, por supuesto, todos y todas podemos esperar, aún sin pareja, en la sala de espera común. Encontré el baño, donde pude rellenar mi botella de agua (de metal) y donde, de nuevo, un nuevo choque cultural: En el baño no hay papel sino una manguera. Esto que con el paso de los días, las ciudades y los países se tornaría habitual y cotidiano para mí, en ese primer momento, me hizo reír y darme cuenta de que a partir de ahí, necesitaría llevar conmigo siempre papel de Wc y toallitas.

Seguí paseando y encontré una sala de espera enorme, acristalada y translúcida en la que, desde la puerta, podría ver a personas descansando dentro en hamacas que parecían muy confortables. Me acerqué hasta la puerta y cuando ya estaba a punto de abrirla y entrar dentro, el instinto me susurró al oído, alcé la vista y volví a fijarme en el interior de la sala: TODO ERAN HOMBRES. Reculé, cerré la puerta y suspiré aliviada al haberme dada cuenta sola y sin insultos ajenos, de que ese era un lugar peor para mí, que la sala común.

Continué caminando y encontré otra sala, más pequeña y con los cristales tintados. Cualquiera habría podido pensar que se trataba de un almacén, en cambio, ésa era la sala de espera de las mujeres. Entré y me tumbé, muy cansada, en una de esas tumbonas. A mi alrededor, mujeres de todas las razas y credos descansaban en silencio. Mientras unas se colocaban el velo para abrir un poco más la rendija dedicada a los ojos, yo me quitaba las chanclas y grababa stories contando lo ocurrido.

Llegó la hora, tomé mi vuelo y atrás quedó la anécdota.

Dos meses más tarde y 5 países después, volví a Doha. Esta vez, descubrí una nueva zona del aeropuerto, cosmopolita e integrada, contraté un conductor con coche privado por 80 euros y salí a descubrir la capital de Qatar, un país que desde la ventanilla del avión me dejó conocer su desierto, árido e implacable, el mar turquesa de golfo pérsico, sus autopistas perfectamente diseñadas y vacías, sus pequeñas construcciones en barro, color arena y sus estaciones de petróleo.

Una vez fuera, el choque térmico entre el frío del aire acondicionado en contraposición con los 41 grados del desierto, que irían subiendo hasta casi los 50 a lo largo del día, me hizo necesitar concentrarme para inhalar, buscando el oxígeno a través de la bomba de calor que pasea por las calles.

En Qatar, como en Malasia, Singapur, Japón y Tailandia, el uso del cinturón de seguridad, sólo es obligatorio en los asientos delanteros.

Mi primera parada fue el Villagio, un centro comercial construido frente a la alta antorcha conocida como la Aspire Tower y el estadio de la ciudad, En su interior, el lujo de éste país se hace presente: Venecia, cielos azules, canales con gondoleros, pistas de patinaje sobre hielo (recordar que estamos en pleno desierto), maquinas de juegos en las que en lugar de atrapar muñecos con las pinzas, se juega a atrapar joyería y hasta un parque de atracciones, con montaña rusa incluida.

Sus trabajadores no forman parte de las cerca de 500.000 personas del pueblo catarí: Paquistaníes, Indios o personas venidas de Sri Lanka, componen una población de casi un millón y medio de personas, las encargadas de convertir Doha en una ciudad real, viva y enmarcada en el resto del mundo.

Sus edificios, construidos hace apenas diez años, aún limpios, ajenos de vida y polución, se elevan sobre el mar y el desierto, elevando rascacielos y construcciones de todas partes del mundo: Londres, Barcelona, Madrid, Andalucía, Italia, Nueva York, Kuala Lumpur, Singapur… He descubierto que cuando tienes una ciudad completa por construir y dinero para hacerlo, puedes hacer lo que tú quieras con ella.

Desde su centro de negocios, Corniche, donde no vive nadie y que está destinado al turismo y los negocios, recorro La perla, Marina y su terreno ganado al mar, los barrios como Qanat Quartier, donde los extranjeros de Occidente viven, frente a la costa, en barrios de colores y casas coloniales que han sido inspirados en España e Italia. Me paro a contemplar las embarcaciones de madera que cruzar el mar frente al imponente skyline que están construyendo y me sorprendo viendo pegatinas con la imagen del Rey en todas partes: edificios, coches, negocios… En todas partes a excepción de en los billetes.

El primer edificio de la nueva ciudad de los rascacielos fue el Sheraton, una pequeña pirámide que ahora palidece al lado de las altas arquitecturas que la acompañan.

Los rascacielos aprenden a erguirse sobre sus propios andamios recién construidos. En Doha, aunque quieran dejar atrás la vida nómada e intentar disimular su pasado, el sol abrasa, la arena del desierto oculta el cielo y el mar acaricia con su brisa, mientras en el zoco de una ciudad por estrenar, Souq Waqif, los halcones bajan la cabeza en el zoco de los halcones y en el zoco de las aves; y los pastelitos árabes endulzan el ambiente. Geometría y modernidad sobre casitas de barro, carreras de camellos y olor a shisha.

En la plaza, con vistas a la preciosa mezquita que parece un pastel de boda, la torre en espiral del Centro Cultural Islámico de Qatar (Fanar), que significa faro y que recuerda al minarete de la Mezquita irakí de Samarra, muestra la capacidad de adaptación de la arquitectura de las mezquitas según la ciudad y el país donde sean construidas. Bajo su imagen, las torres Barzan, también conocidas como las torres Umm Salal Mohammed Fort Towers, construidas a fines del siglo XIX y renovadas en 1910 por el jeque Mohammed bin Jassim Al Thani, protegen la ciudad con su agradable apariencia.

Sigo conduciendo disfrutando de las señales de tráfico adaptadas a una cultura diferente, incluso en sus iconos, y paseando descubro la zona de Katara y su Cultural Village con sus casitas típicas, palomares, anfiteatro y mezquita, enmarcado en los azules de la playa pública de Katara Beach. El resto de playas de la ciudad son privadas y pertenecen a las familias de Catar.

Termino el día viendo el atardecer sobre el museo del arte islámico, de entrada gratuita y no me hago a la idea de ser la única mujer que pasea por sus calles, la única que puede disfrutar de un atardecer de cielos rosa, la única que puede ver pasar los barcos con sus vestidos de luces, la única, libre, aún con miedo, capaz de poder pasear por la ciudad como una igual.

#womanwordinQatar   #VIAJARNOTIENEGÉNERO

 

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En una escala, desde unos vuelos que me alejaban de casa a la ida y que me acercaban a ella tras dos meses y 5 países a mi espalda, decidí sumar uno más. Bienvenidos a Oriente. Descubre conmigo todas mis experiencias y divergencias culturales desde al aeropuerto al exterior, en una ciudad nueva, por construir, a estrenar. Haz click y si quieres más info, ya tienes todos mis stories grabados en directo en la burbuja de destacados de Doha en mi biografía de instagram. Desliza hacia la izquierda par encontrarla: @Woman_Word

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