Tenerife: Street Art, Anaga y La Laguna

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Dicen de Tenerife que en ella tienes el sol asegurado, que es la isla de la felicidad, que es una isla afortunada. Olvidan, no obstante, hablar de sus pueblos coloniales, de sus fachadas coloridas, de otro tipo de expresión que invade las calles del único pueblo de la isla donde siempre hace frío y la chaqueta es requerida. Hoy, os hablaré del street art de Tenerife, conduciendo desde el pueblo de La Laguna hasta Anaga.

Desde el aeropuerto, mi primera parada es siempre la misma: Las calles de La Laguna. 

Parar en éste pueblo de la isla, elevado en altura, cerca de todo, cargado de fiesta en las noches y de vida universitaria, donde el viento corre helando las esquinas y los balcones se engalana de flores, es para mí una tradición.

Me siento en una de sus terrazas y pido un sandwich de pollo con ensalada y queso amarillo, un zumo de naranja, un cortado leche y leche y un dulce de la casa. El ritmo acompasa mi prisa de capital cuando el camarero conversa, toma su tiempo, ojea, limpia, se marcha, vuelve, charla, se marcha, vuelve toma pedido y se marcha y, media hora más tarde, trae consigo sus manjares.

Mientras tanto, no queda otra opción que irse adaptando a los tiempos de la isla. Las palabras calmadas, la tranquilidad innata y la buena vibra de “usted” para con todos.

Sonrisas de soslayo y acostumbrarse a la inquina, que se borra con cariño, que nos tienen a los “godos”, conquistadores e invasores de éstos guanches conectados con la tierra, el monte y la mar.

Paseo por la ciudad revisando sus monumentos, su iglesia, escuela y universidad. Sus patios coloniales, su museo de historia canaria, sus dragos, higueras, piedra volcánica, plantas y flores autóctonas y desérticas, acostumbradas a condiciones de vida extremas en vergel.

Subo a la torre del campanario, acaricio las teclas del órgano, me cuelo en casas de aristócratas de otras épocas cuyos balcones buscaban el contacto con el monte y con el azul del mar y descubro cómo ha vivido la isla en sus diferentes épocas.

Me siento en sus parques de colores y veo en ella Ponce, San Juan, Quintana Roo, Azores y hasta la salsa de Cuba, en estas construcciones que saben a las colonias de otra España.

Apoyada contra uno de sus muros amarillo chillón, mientras miro sus tejados plagados de aves del paraíso, me doy cuenta de que las pegatinas aparecen con una nueva cultura que engalana las calles con una nueva forma de expresión que representa una expresión nueva que convive con otro siglo llenando el pueblo de sabor.

Comienzo a fijarme y un street art diferente, grafitero y atrevido acontece llenando de color la isla, desde La Laguna al mirador de las teresitas, desde Santa Cruz a Candelaria.

Abandono la Laguna y continuo mi viaje por una isla sin igual… Subo a Anaga y dentro del coche, paro a comer una arepa de carne mechada y croquetas de morcilla dulce contemplando las hermosas vistas del Mirador de Jardina.

Sigo la carretera y subo hasta Anaga para maravillarme con el esplendor de la niebla y de los paisajes que emanan sobre las nubes. Caminando por sus paseos de arena, respiro sus árboles y acomodo la mirada a su oscuridad cargada de vida. Entre la laurisilva del bosque encantado sonrío jugando con las hadas y la vida que late en rededor.

Tenerife exhala magia y sus paisajes embriagan en variedad y posibilidad, así que con ésta idea en la mente, sigo viajando…

#WOMANWORDinTenerife

#WOMANWORDinStreetArt

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