Al Viento: José Pedro Carrión para WOMANWORD

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Al Viento: José Pedro Carrión para WOMANWORD

“¡¡¡AULLAD, AULLAD!!! ¿SOIS HOMBRES DE PIEDRA?”

Que el Teatro se hurte de la educación de nuestros hijos es un crimen contra la humanidad. El Teatro es el único espacio, que nos queda en la democracia, cuya mentira convencional produce una ilusión de verdad, que ayuda a que seamos mejores personas y mejores ciudadanos, mientras que las demás instituciones de la democracia se tambalean infectadas por la corrupción y la mentira.

Hay un teatro, comercial y de baja calidad artística, que colabora en adormecer las conciencias e idiotizar a la gente, y otro teatro, que misteriosamente alimenta el espíritu y aviva la mente y el corazón para desarrollar nuestras capacidades y posibilidades de crear un mundo mejor. Lo político del teatro es que el espectador reconozca que aquello que pasa en el escenario le esta pasando a él mismo o a alguien que conoce.

Primero soy persona, además soy ciudadano y accidentalmente mi oficio es ser actor, como otro cualquiera. Y mi oficio, fundamentalmente consiste en aprender a leer las palabras de un hombre, un poeta dramático, que ha escrito un texto dramático, cuando algo de la vida no le gustaba y lo quería cambiar a mejor. Por tanto, lo esencial del Teatro es “algo” entre personas y ese “algo” son las palabras. Palabras que aún estando escritas hace mas de 2.000 años, por su potencial de actualizarse, se hacen eternas, universales.

Con esas palabras, grabadas en mi alma, como si fueran mías y formaran parte de mi propia vida, salgo al escenario a escribirlas de nuevo con mi voz en el aire, en el alma de las personas, que se encuentran expectantes. Buscando permanentemente y desarrollando la capacidad del arte del bien decir. Esa es mi utilidad, mi función social: transformarme en otro ante los otros. Ese es el meollo, la potencia y el peligro del Teatro: la transformación en algo mejor. Pasar de la ignorancia y la opinión general y domesticada al pensamiento específico, al criterio personal mucho menos manipulable. La revolución, a través de las palabras, lo que mejor expresa lo humano, y también y sobre todo a través de mi propia conciencia.

Es mi manera de ver este Arte, maravillosa herencia de nuestra civilización, donde se integran todas las demás artes, todas la demás artesanías, donde cualquier conocimiento viene bien, donde cualquier error abre una senda de aprendizaje.

Su literatura es la mejor radiografía de los humanos de todos los tiempos y en su ceremonia los hombres se reúnen, en vivo y en directo, para alertar su conciencia y salir de nuevo a la vida más humanos y más solidarios.

Su práctica requiere invertir hasta la excelencia lo totalidad de las capacidades de un ser humano, especialmente su cuerpo y las habilidades de las que en él es capaz, su inteligencia, sensibilidad e imaginación, su voz, la buena escucha del otro, de la vida, el desarrollo de la vida interior en  un camino interminable de expresión, de comunicación, que ayudan a mejorar la Especie.

En la educación, la práctica del Teatro produce un efecto adictivo en la mayoría que lo experimenta y desarrolla su conocimiento y su imaginación. Un humano podría jugar al teatro desde la guardería, desde el parvulario y seguir haciéndolo en la universidad, en la corporación de su oficio y seguir entrenando ese juego de verdad y mentira a lo largo de su vida, al hilo de lo que acontece en la sociedad en la que convive. Si mejora la calidad del público, mejora su eficacia, por ser su Actor principal. El público es el mejor maestro del actor. Es más, las personas del público son actores genuinos de la historia que celebramos. En el silencio y la oscuridad de la sala, por las palabras dichas, empieza para ellas la aventura de vivir un sueño que, potencialmente es reparador, se actualiza el verbo y el lenguaje del cuerpo en una explosión de energía altamente contaminante. Se activan, se purgan los cuerpos, donde nos pasa la vida, y el Espíritu, hecho con la energía de todos…

La crisis es el sentido del teatro. Sin crisis no hay teatro. Sin teatro se pierde el espejo donde la Democracia puede reconocerse y limpiarse. Algunos hombres, conscientes a su manera de este valor inestimable, se ponen a la tarea de realizar sueños ejemplares, y lo consigan o no, fomentan un ambiente, que propicia el nacimiento de todo tipo de iniciativas, que alivian la enfermedad del Teatro, su permanente estado moribundo y terminal. La necesidad propicia la aventura de renacer, haciendo en cualquier sitio y con escasos medios lo que parecía encerrado en el edificio especifico del teatro a la italiana. Una subsistencia, como en otros ámbitos de la Sociedad, precaria y excesivamente individualista, siendo la teatral una actividad, que requiere básicamente mezcla y colaboración. 

Quizá surjan héroes, que hablan por todos en lugares inoportunos, supliendo la responsabilidad de cada uno en un momento de estercolero colectivo, de estúpida resistencia-supervivencia inútil, de silencio colaborador, ante el tsunami económico devastador, incapaces, como somos, de un espacio de conversación, de reunión, de reconocimiento, que redefina dónde estamos respecto de nuestra propia responsabilidad.

¿Cómo escapar de la trampa de acusar a otros, superiores o no, representantes nuestros o no, de nuestras lamentables carencias? ¿Quién de nosotros va a aceptar la domesticación aceptada, interesada, que han supuesto las subvenciones, las reglas del juego establecidas? ¿Y las distribuciones, y las programaciones y la construcción de edificios mastodónticos y caprichosos, difíciles de mantener,  vacíos de actividad? ¿Quién va a clamar contra una programación que finiquita espectáculos, metiendo en el mismo saco aquellos que no funcionan y los que sí lo hacen? ¿Acaso no suponen todos ellos un esfuerzo de todo tipo y se someten al posible milagro de que la gente los valore y aproveche? ¿Cuántos contribuyentes en este país pueden asistir a los espectáculos que han pagado ya?¿Si consiguen funcionar, cuánto despilfarro nos podemos seguir permitiendo, como si fuéramos ricos? ¿Este sistema de funcionamiento autonómico, no es en realidad un establecimiento de fronteras infranqueables?

¿Para un oficio tan difícil y tan a largo plazo, seguimos aceptando como camino de aprendizaje, secuelas de escuelas, galimatías de técnicas y teorías de actuación, que enredan la mente y complican lo sencillo?  ¿Se deteriora la habilidad de “largar” de generación en generación? ¿El camino mejor para el escenario es un rodaje de cine o televisión?

Demasiada vanidad e inconsciencia de actores, en todas los niveles, desde los primeros a los últimos lugares del escalafón. Muy poca educación como ciudadanos responsables, siendo nuestra tarea elevar el periscopio y, viendo el naufragio, señalar una posible vía de evacuación. Pérdida de valores fundamentales como personas. Y astucia, picardía nula, siendo virtud imprescindible de este bello y útil oficio.

Sé que nada de lo que digo es nuevo. Sé que está en boca de todos en nuestros encuentros casuales. Pero es paja que el viento se lleva. ¿Hasta cuándo vamos a seguir colaborando en el desastre? ¿Le hablo al viento…?

José Pedro Carrión para WOMANWORD

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