Ruta por la Sierra de Madrid y La Gruta de Begoña

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He descubierto en Madrid, entre sus montañas, una gruta desde la que respirar silencio y calma.

Saliendo de la ciudad de Madrid, en dirección a la Sierra de Guadarrama, esas montañas que respaldan a la ciudad con sus cumbres de nieve, acariciando el cielo desde la lejanía.

Una vez allí, la naturaleza se desborda, aún alejada de la contaminación que domina la ciudad y, aunque acaecida del dolor del hombre que excava en sus entrañas y tala sus pulmones con chalets de lujo y urbanizaciones, la naturaleza aún sigue su curso, tranquila y segura.

En uno de estos enclaves, se encuentra Miraflores de la Sierra pueblo típico de la serranía madrileña sobre el cuál se alza una gruta dedicada a su Señora de Begoña.

El enclave, místico por cuanta belleza le rodea, atrae a creyentes y a creyentes de la naturaleza.

Rodeado por un bosque de pinos entre los que el viento arrulla y el aroma se esparce, la roca mira amigable ante la imponente sierra de montañas amarillas que se alza en plenitud.

Por el contrario a tanta belleza, su historia carece de estos tintes positivos. Creada por la familia Reyzábal, la gruta también se haya situada en la urbanización de lujo del pueblo.

En sus calles silenciosas escoltadas de altas vayas y carteles de seguridad, criadas filipinas sacan a pasear los carricoches de las Señoras.

A la espalda de la gruta, casi amenazándola, crece la mansión de la familia constructora en la que la muerte encuentra su espacio esparcida en piezas de caza y animales asesinados, disecados para siempre en un lugar que no les pertenece: alces, cigüeñas, venados… y presidiendo la escalinata principal de la mansión, a la vista de todo el que se acerque a su puerta, una enorme y triste cabeza de elefante.

Contradicciones, naturaleza y pensamiento se alzan en la Gruta de Begoña, en la que:

«Camino, verdad y amor», es su eslogan.

La controversia está servida.

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