La mujer y el mundo machista

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Por Rocío Pastor Eugenio.

Desde tiempos antiguos, cuando la mujer perdió la categoría de semidiosa al ser capaz de concebir la vida, a manos de la fuerza bruta, la ignorancia y el miedo, ésta se ha visto sumida al desprecio de los hombres, al relego a un segundo plano y a la lucha constante contra el machismo y pro la igualdad.

Hoy en día, en pleno siglo XXI, esa lucha continúa infatigable quebrando vidas y soportando actos de micromachismo cotidiano, interiorizados y normalizados por una cultura acostumbrada a convivir con la desigualdad y a permitir el abuso de género hasta en las canciones.

No sólo la violencia machista es el pan de cada día sino que diferentes tradiciones ancestrales, de esas que han acabado con la vida de las mujeres subyugándolas a simples objetos decorativos para sus maridos y maltratadores, llegan hoy a nuestros días.

Ablación

Los conocidos pies de loto, en los que a las niñas desde la temprana edad de 7 años se les empezaban a quebrar los pies, volviéndolos hacia atrás, hasta quebrar por completo el empeine y soldar los huesos deformados con dolor e infecciones, para conseguir pequeños pies disformes que no superasen el tamaño de 7 centímetros. Huelga decir que éstas mujeres quedaban imposibilitadas para la vida y para la libertad, recluidas de por vida en las habitaciones superiores incapaces de volver a andar de forma natural. Eso, las que tenían la suerte o la desgracia de conseguir sobrevivir a las infecciones y a los inhumanos dolores propiciados. Una practica vigente durante 2000 años y que hoy, a ese paso alegre, cuco, incapaz, doloroso y diminuto se le conoce por el nombre de tacones.

Pero no es esta la única atrocidad a la que las mujeres se han visto y se ven, a pesar de todo, sometidas.

La ablación o la infibulación es una practica llevada a cabo en 28 países africanos, en la que se cercena el clítoris y la vagina se cose dejando una apertura ínfima para poder orinar y menstruar. Es la forma de conseguir, de nuevo, la sumisión de la mujer, el matrimonio, el objeto y la despersonalización de un ser humano capando su placer y su naturalidad. La función y la excusa: que la mujer no pueda ser infiel. El resultado, mujeres mutiladas con infecciones de por vida, quistes, fistulas, hemorragias y hasta la muerte.

Seguimos en este circo machista de los horrores.

Llegando hasta Camerún, encontramos que la violencia machista se ceba sobremanera con las niñas y las mujeres. Los hombres, todo poderosos, se creen con el derecho animal, de violar a quien se cruce en su camino. Prehistóricos y desatados, su falta de humanidad les convierte en animales salvajes y peligrosos. Las madres, preocupadas cada vez que sus hijas abandonan su casa, han comenzado, poniendo esta práctica al orden del día y que padece una de cada cuatro niñas de éste país. Al planchar los pechos de sus hijas, intentan evitar el atractivo sexual de las mismas para que éstos animales no abusen de ellas. El planchado consiste en abrasar los pechos de las mujeres con una barra de hierro al rojo vivo.

Lo máximo de la belleza femenina y de la perfección en la esposa para los hombres de Mauritania, es el sobrepeso. De esta manera, las niñas casaderas son obligadas a asistir al Leblouh desde los 5 años. Allí, se las obliga a comer sin descanso, provocando vómitos para seguir comiendo.

Pero la belleza también pasa factura en la búsqueda obligatoria del matrimonio en estas culturas en las que la mujer no vale nada sino es para servir, como esclava, a su marido.

Así, en la apacible Tailandia, en la tribu Kayan asesinan cada año a las niñas que no logran sobrevivir a la ruptura de sus vértebras. Son las Padaung o mujeres jirafa. Los aros de latón colocados alrededor del cuello oprimen las clavículas hacia la cavidad torácica. La retirada de los mismos provoca la asfixia y la rutura total del cuello, es decir, la muerte.

Pero es imposible mirar hacia otro lado y ver como en estas sociedades falócratas, tener una vida sexual plena antes del matrimonio, el adulterio o la «falta de respeto al marido», son actos impúdicos que las mujeres no pueden acometer y por ello son condenadas a la lenta y dolorosa muerte por lapidación. Aún hoy, es una practica habitual en países como Nigeria, Somalia, Indonesia e Irán, donde incluso el código penal recoge el acto llegando incluso a establecer el tipo de piedras a utilizar.

La brutalidad y el maltrato, la desigualdad y la impunidad merecen una tolerancia cero a nivel global.

Mirar hacia otro lado con pequeños actos de micro machismo, como ver en el metro de cualquier capital, como un hombre mira de forma fervorosa a una mujer, la insulta y hasta la violenta con acoso sexual, sin alzar la voz y denunciarlo es ser cómplice.

La tolerancia CERO es fundamental para cambiar un mundo que es de todos y de todas, por igual.

Como cantó Cecilia una vez: «aunque el camino sea estrecho y el polvo se pegue al cuerpo, yo sigo mi senda sin lastre». Por que lo importante es andar, decía Machado: «Al andar se hace el camino, y al volver la vista atrás, se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar».

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2 comentarios

  1. Pero me estoy poniendo mala leyendo todas éstas prácticas¡¡¡pero que mundo de locos es éste¡¡¡qué les pasa a los hombres, temen perder el poder?qué les pasa a las mujeres, desconocen el poder de la unión? REBELARSE O MORIR A VIVIR INDIGNAMENTE.

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