Gran Teatre del Liceu: Barcelona Opera House

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Fotografía y Texto por Rocío Pastor Eugenio.

Fotografía 100% libre de retoque digital. Como siempre aquí, en WOMANWORD

Visitar Barcelona tiene un punto clave obligatorio: la belleza de su Liceu.

El Gran Teatre del Liceu brilla por su pan de oro, sus frescos, sus rincones secretos, sus obras representadas y su inquietante historia en el centro de la Rambla.

Desde la aristocracia catalana hasta los visitantes que compran su entrada por Internet, verlo durante una representación o en visita privada con guía, conociendo todos los recovecos es un MUST imprescindible en cualquier temporada.

El teatro que abrió sus puertas en 1705 se ha visto presa de las llamas en dos ocasiones, la primera en 1861 y la segunda, en 1994. En ambas, se formó una gran chimenea que devoró el teatro haciendo caer el techo, manteniendo intactas la entrada y los vestuarios, tanto fue así que una de las ocasiones se recuperó intacto el vestuario de Turandot.

Hoy en día, el teatro cuenta con todas las normas de seguridad actualizadas y la mejor tecnología aplicada. Así, cuenta con un telón cortafuego de 28 toneladas, un foso movible y adaptable a cada obra y cada acústica, un escenario de 25’000 metros, una altura de 64 metros, cuatro escenarios de 16 metros de profundidad que permite mediante una torre, que cada escenografía pueda montarse completa y ser cambiada en cada acto gracias a las plataformas. Lo cual también aporta la posibilidad de representar en un mismo escenario diferentes obras.

Euterpe, la musa de la música, corona la entrada cargada de luz y grandiosidad.

Las anécdotas hablan desde los incendios, pasando por su reconstrucción en la que la reina no quiso participar, razón por la que este Liceu carece de palco real, hasta los palcos privados o llotjas en los que los aristócratas ponían sus propios muebles y hasta su propia chica de la limpieza.

Cinco pisos con voladizos sin columnas para la visibilidad. Por esa misma razón, cada asiento dispone de un ordenador en el que traducir y leer la obra con posibilidad de seleccionar el idioma. También, aquellos asientos con escasa visibilidad, como los laterales, disponen de una pantalla desde la que seguir la acción.

Todo pensado, calculado y cuidado hasta el mínimo detalle, como los frescos del techo representando la primera alfombra o los asientos de hierro forjado imitación de los de 1902, de Pere Falqués, igual que las farolas del Paseo de Gracia.

Y es que antaño, acudir a la ópera era un acto social en el que ser visto, por eso, hasta que Wagner no puso el grito en el cielo, las obras se hacían con la luz del patio de butacas dada.

Dentro del mismo teatro, más allá de sus boxes y su platea, se encuentra el área de descanso coronada por frases y aforismos en castellano, ya que en la época se hablaba catalán y se escribía castellano, que instan al arte: «La música es la palabra del alma, sensible como el lenguaje del alma intelectual». Estamos en la sala de los espejos, que hoy en día también se alquila como salón para eventos tales como bodas.

Más allá, pasando delicadas y secretas puertas, se comunica con el Círculo del Liceu, el rincón privado en el que un grupo elitista se reunía en las noches de ópera y al que sólo se accede por invitación, herencia y por supuesto siempre, con chaqueta y corbata, aún hoy en día.

Aquí, hasta el ascensor es lujoso y se encuentra plagado de espejos y estilo modernista. Cada sala, plagada de obras de arte, cuenta con sillones y timbres para que el servicio atienda las peticiones personales de cada miembro. Elitismo, elegancia, clases sociales y distinción. Hasta un carnet de baile era necesario.

Techos artesonados, cuadros, jarrones, esculturas, cortinajes, lámparas, cortafuegos de cristal de murano, piezas de museos… alardes de buen gusto, poder y exclusividad que en sus cuadros, retrata la vida y el ocio de sus socios, la alta burguesía catalana, que seguía la tradición en la que, cuando un socio fallecía, donaba una obra de arte al círculo.

Elegancia, arte y exclusividad recorrida por cualquiera que sea capaz de soportar la belleza recluida en unas pocas manos que hoy se torna visita cultural.

Paseando por estos pasillos, cuesta trabajo no henchir el pecho, subir la cabeza y sentir el poder bajo los pies.

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