Ceniza

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Por Rocío Pastor Eugenio.

«Hay veces que las cosas pasan y hay que saludarlas (…), al fin y al cabo, todos somos CENIZA«, de José Pascual Abellán, dirigida por Lluís Elías, en el Teatro Fernán Gómez.

Interpretada por un dolido e introspectivo Antonio Campos, que busca en lucha opuesta con su orgullo, el amor y el reconocimiento de su padre, tras muchos años de culpa y rencor. Y un impresionante Guillermo Montesinos, que sabe combinar la ternura y el dolor que desgarra, la culpa, los pasos equivocados del pasado y esos que nacen nuevos luchando contra la vergüenza e intentando crear caminos en común abriendo el corazón en canal y secando las lágrimas con esperanza.

En una casa de las de antes, repleta de recuerdos, colecciones y sentimientos enfrentados bajo el tic tac de un tiempo que pasa de forma inevitable arrastrando con él a quienes amamos y a nosotros mismos, se desarrolla la acción, la trama y las emociones, las de sus intérpretes y las de quienes frente a ellos, se sienten entrometidos, enternecidos y zarandeados por sus dos protagonistas y sus momentos más íntimos entre el último adiós y un nuevo comienzo.

La pérdida de la inocencia, las equivocaciones, los errores cometidos, el orgullo que entierra y sentencia y el dolor, el dolor profundo que cala y condiciona cuando se aleja a quienes más amamos, a quienes más se necesitan. Todo ello en un montaje agridulce de diálogos naturales y necesarios que mezclan frases lapidarias con reflexiones importantes y reflejos cóncavos de recuerdos, excusas y evolución.

¿Cómo afrontar la pérdida? ¿cómo afrontar el dolor, el rencor, el reencuentro?

Las buenas intenciones y la necesidad de amar y de protección se disimulan con espinas, mientras las rencillas pasadas intentan ser removidas con sonrisas y delicadeza.

El cinismo versus el amor en vidas paralelas separadas por motivos que en retrospectiva abocan al olvido. Un «lo suyo es entenderlo todo casi siempre», que pide comenzar de nuevo sobre las apariencias, que abre el corazón y cierra las heridas.

Una lección de vida, una moraleja que invita a vivir, a amar, a respetar a los que más queremos, que pide la reflexión, el perdón, la comunicación y que aboga al buen carácter y a vivir la vida, día a día, con intensidad y tranquilidad, con el corazón abierto y la sinceridad en la mirada, que apoya y camina, que cala y permite comprender que: «Hay veces que las cosas pasan y hay que saludarlas» porque , al fin y al cabo, «todos somos CENIZA«.

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