Entrevista a Sergio Alfaro

0

Por Rocío Pastor Eugenio.

Al filo de lo imposible ha sido un programa mítico dentro de la televisión española que nos ha ayudado a soñar y a tocar, casi con la punta de los dedos, las aventuras de aquellos expedicionarios cuyo afán de conocimiento y superación ha logrado que el mundo adquiera una dimensión real y muy humana.

Sergio Alfaro es uno de los cámaras que han luchado por transmitir ésas vivencias y ha permitido que desde casa, hayamos podido caminar sobre las cimas más altas de la ilusión.

Hoy, para WOMANWORD, Sergio Alfaro nos descubre el mundo que hay tras el objetivo…

WOMANWORD- ¿Siempre quisiste ser cámara de televisión? 

Sergio Alfaro- Si te soy sincero, mi sueño de adolescente era ser músico. Tuve varios grupos de música desde muy jovencito. Adoraba esa forma de expresar el torbellino de emociones que sentía en plena pubertad. Tal vez, esa forma de expresión viró hacia otras manifestaciones artísticas al ir creciendo y asentando las bases de mi personalidad.

De cualquier forma, siempre sentí la necesidad de manifestar mi mundo a través de un canal, de un medio que facilitara la comprensión por los demás. En este sentido, la fotografía y, posteriormente,  el vídeo me facilitaron tan complicada tarea.

WW- ¿Cómo ha sido tu formación? 

SA– Estudié audiovisuales en distintos centros de mi ciudad natal, Sevilla. También conseguí una beca para realizar un curso en Montpellier (Francia). Aunque he de decir que fui un autodidacta en la mayoría de disciplinas de las que he participado.

Mis comienzos en el sector de la comunicación fueron como técnico de sonido. De hecho, entré a trabajar como tal en TVE. Mi relación con la música tiene mucho que ver con ello.

Cuando el campo del sonido comenzó a complicarse con la migración hacia el entorno digital, perdí el interés por el mismo. No conseguí adaptarme a las nuevas tecnologías del audio, me consideraba más artista que técnico.

En TVE siempre existió la opción de reciclarse en otras categorías y, dado que me apasionaba la fotografía y no se me daba tan mal, solicité el cambio y pasé a trabajar como reportero gráfico.

WW- ¿Cómo surge el formar parte de Al filo de lo imposible?

SA- «Al Filo» era como el Santo Grial en TVE. Lo primero que hice al entrar a trabajar en la empresa fue ir a ver a Sebastián Álvaro para ofrecerle mis servicios. En aquellos años, el programa contaba con un magnífico equipo de profesionales y no hubo sitio para mí. Años después, y ya desarrollando mi labor de reportero gráfico, surgió la oportunidad de hacer unas pruebas para incorporarse al staff del programa, ya que los distintos ERES en la empresa propiciaron la salida de los miembros originales. Mi jefe confió en mí, y tras pasar las pruebas correspondientes conseguí al fin trabajar para ellos.

WW- ¿Cómo es la primera experiencia que vives como cámara en éste programa? 

SA- Pues mi estreno con «Al Filo» fue una auténtica prueba de fuego. Formé parte de la expedición liderada por Edurne Pasabán al Kangchenjunga, la tercera montaña más alta del planeta, y con un acceso de extrema dificultad. El campo base está situado por encima de los 5.000 metros y el día a día allí es de una dureza tremenda. Realizamos una travesía de 11 días por los valles y montañas del Nepal profundo en jornadas extenuantes.

No sé si volvería a aventurarme por aquellas lindes. Además, la ascensión casi termina en tragedia cuando Edurne quedó atrapada en el campo cuatro con evidentes síntomas de agotamiento, congelación y posible edema.

WW- ¿Cómo es Edurne Pasabán?

SA- Una luchadora nata en todos los aspectos de su vida. Una gran escaladora, y gran mujer. Dura de apariencia, y sensible e incluso frágil en la intimidad. Una buena chica.. como todos con los que he compartido expedición.

Para empezar, diré que es vasca. Es decir, con carácter, dura y tenaz. Leo, signo de fuego. Curtida por la montaña y los altibajos de la vida misma. Luchadora incansable y también, humana. He tenido muy buena relación con ella desde el principio. Jamás hemos chocado ni discutido y nos hemos reído mucho juntos, compartido confesiones, charla y diversión. Tengo muy buen recuerdo de ella.

Es nuestra «Barasa», líder y jefa de expedición. Y la única de todo el grupo que siempre olía bien… Tener una mujer con nosotros también aporta un toque de sensibilidad muy necesario entre tanto hombre y hasta un poco de cordura. Compañera, Jefa y, a veces, hasta madre.

WW-  ¿Cuáles eran tus sensaciones? 

SA– Guardo muchos recuerdos de aquella expedición. Malos y buenos. Enfrentarme a mis propios límites, físicos y mentales.

La mente es lo más importante en este tipo de situaciones.

Fue la primera vez que sufrí el mal de altura… quería arrancarme la cabeza, pues el dolor era insoportable. La falta de oxígeno, hacía que la más mínima actividad se convirrtiera en todo un desafío. Todo era nuevo para mí. El aislamiento. Enfrentarme a la propia naturaleza, indómita e impredecible. El frío… incluso la falta de aseo prolongada. Había muchos días y sobre todo noches, en los que no paraba de preguntarme qué hacía yo allí. Por otro lado, aprendí los valores de la convivencia, de cuidar los unos de los otros, la camaradería y el valor. Sin duda alguna, hubo un antes y un después en mi vida a partir de aquella experiencia.

WW- ¿Qué sensación provoca el silencio absoluto? 

SA- El silencio en el Himalaya te sobrecoge hasta lo más profundo de tu ser. El silencio y el aislamiento. Pasar casi dos meses desconectado de tu vida ordinaria, de tu rutina, tus seres queridos y comodidades no es tarea fácil. Te ves obligado a enfrentarte contigo mismo, a mirar dentro de tu alma sin velos ni barreras.

Para mí fue muy duro. Dominar el miedo, ser consciente de tus limitaciones, de tus defectos, así como de tus virtudes que, en mi caso, desgraciadamente son pocas. El silencio enseña y curte el cuerpo y el espíritu.

Reencontrarte con la civilización después de pasar tanto tiempo allí te quita la venda de los ojos. Creo que todos los seres humanos deberíamos enfrentarnos a una experiencia como esa para apreciar el verdadero sentido de la existencia.

WW- ¿Se pasa miedo? 

SA– Se pasa mucho miedo. Un pequeño error puede traer consecuencias fatales. Y cometer un fallo allí es bastante fácil. Me he visto obligado a enfrentarme a la muerte de compañeros de otras expediciones. Personas con las que compartí risas y charlas en el campo base. Es un alto precio a pagar.

En cuanto a mí, recuerdo con pavor las avalanchas. El sonido de las rocas al caer sobre nuestras cabezas. Por primera vez en mi vida comprobé que el miedo llega a paralizarte, a dejarte bloqueado sin capacidad alguna de reacción.

El 7 de octubre del 2009 quedé atrapado en un temporal de nieve y viento junto al alpinista y amigo Alex Chicón, cuando regresábamos al campo base de la cara sur del Shisha Pangma desde la ciudad de Nyalam, a 35km de travesía por el altiplano tibetano. Ha sido la vez que más cerca he visto a la muerte. Me abandoné por el cansancio tras más de nueve horas de marcha, en unas condiciones metereológicas infernales. Si no llega a ser por Alex, y el pensar en mi pequeña hija, mi camino habría acabado allí para siempre. Una fecha, que jamás olvidaré.

WW- Se han podido leer tus post desde la cumbre de una montaña helada, ¿arrancan las estrellas al poeta que llevas dentro?

SA- El Himalaya es mágico. Transforma cada partícula de tu ser. Estamos diseñados para vivir al ritmo del sol. Despertar al amanecer e ir a dormir cuando la noche comienza. Adaptarse a los biorritmos de la propia naturaleza cambia la esencia de uno mismo. Por otro lado, no hay que olvidar que la montaña, además de terrible, es de una belleza sin igual. Estar rodeado de belleza hace fácil que la poesía aflore.

WW-  Seguro que tienes mil anécdotas que contar, ¿podrías decirme la que más te haya marcado? 

SA- Sin duda alguna, verle la cara de cerca a la muerte. Sentir que todo se acabó. Que tu camino finaliza en mitad de la nieve en un lugar perdido del Tíbet.

El accidente de Tolo Calafat en la expedición al Annapurna del 2010, también me produjo una marca imborrable. Sentí una tristeza enorme cuando aquello sucedió. No lo merecía. Ninguno de los alpinistas que duermen su sueño eterno allí lo merecían.

WW- ¿Has sufrido la pérdida de algún compañero en alguna expedición? 

SA- He perdido compañeros de campo base. A Go-Mi Sun en el Nanga Parbat. A Robbi Piantoni en el Shisha Pangma. A Tolo Calafat en el Annapurna. También un piloto habitual con el que trabajábamos falleció en un accidente aéreo.

Cada año llegan noticias de algún conocido que ha fallecido en la montaña. Es la otra cara del alpinismo.

No son momentos agradables como podrás imaginar. Aunque he de confesarte que todos los himalayistas tienen un concepto diferente sobre la muerte. El convivir con ella hace que te la tomes de otra forma. Es algo inherente al hecho de subir montañas. Siempre está ahí. Y quizás aprendes forzosamente a vivir mirándola a los ojos.

WW-  ¿Cuál es el paisaje que más te ha impactado? 

SA- La primera vez que ví un ochomil desde la lejanía. En mi mente no existía tal concepto. Hasta entonces, me era imposible imaginar una mole de piedra y nieve semejante. Parecía que la cima tocase el cielo. Te deja sin palabras.

Caminar por un glaciar también fue algo sobrecogedor. Te sientes muy pequeño allí.

Aún así, me sigo quedando con la magia de África. Su luz. La tierra roja como sangre y un verde que hace que te duela el mirar. El olor de la selva y sus estrellas. África es el continente que más me ha impactado de todo lo que mis ojos han visto. Donde vida y muerte, belleza y tragedia, no son más que las dos caras de una misma moneda.

WW- ¿Cómo seleccionas las imágenes para captar la esencia de cada lugar? 

SA- Cuando llevas tanto tiempo de profesión, la cámara se convierte en una prolongación de tus sentidos. No solo de la vista, también de todo lo que percibes a través del olfato, del oído, del tacto… En general, veo la vida como una sucesión de planos. Como una ecuación perfecta de luz, composición y color, texturas y dimensiones.

Cada continente tiene una temperatura de color, un tratamiento distinto. La labor de un buen cámara (y no digo que yo lo sea), es hacer ver a los demás el mundo tal y como tú lo percibes. Intentar transmitir todas esas sensaciones a un plano bidimensional. Si consigues que el espectador se emocione o se estremezca con tus imágenes, puedes darte por satisfecho. Esa es la verdadera misión de un cámara.

En cuanto a la selección de las imágenes en sí, trabajamos codo con codo con un realizador. Nosotros aportamos los ingredientes, y él es el responsable del resultado final. Por ello es de suma importancia el trabajar muy compenetrados, y partir de puntos de vista similares.

WW- ¿Cómo es el día a día durante la expedición? ¿Cómo es la convivencia? 

SA– El día a día, exceptuando los períodos de ascensión y preparación de los campos de altura, es bastante rutinario. Te levantas con la salida del sol, sobre las 6 o 7 de la mañana, y solemos pasar el tiempo de diversas formas. Si no salimos a rodar paisajes o la vida cotidiana del campo base, nos dedicamos al visionado del material rodado y mantenimiento de los equipo de filmación. Por otro lado, el equipo de TVE colabora con el resto de los miembros en las tareas cotidianas: mantenimiento del campamento, cocina, limpieza… También solemos ejercitarnos físicamente, bien practicando técnicas de escalada, bulder, estiramientos o, simplemente, realizando travesías y ascensiones a los montes de la zona.

En un campo base, lo normal es que coincidan varias expediciones de distintos países. Nos visitarnos y reunimos a menudo, no solo para tratar aspectos relativos al equipamiento de la montaña y ascensión, sino también como mero ejercicio de socialización. Al final todos nos convertimos en una gran familia allá en las alturas.

En la tienda de comunicaciones hacemos cineforum para pasar las tardes, preparamos «makai» (palomitas en nepalí), y ¡a ver películas!

Por mi parte, aprovecho los ratos muertos para dedicarme a la lectura, escribir, oír música, o dormitar al sol cuando el tiempo lo permite. En las últimas expediciones contábamos con internet, el mágico hilo para mantener contacto con los nuestros. Lo peor son los temporales. No puedes salir de la tienda y el ánimo decae. Entonces todo se vuelve silencioso y solitario. El momento de enfrentarse a la soledad de uno mismo.

WW-  ¿Y la convivencia con pueblos y culturas diferentes? 

SA- Algo sumamente enriquecedor. Los nepalíes y tibetanos son gente maravillosa. Se desviven por nosotros. Ellos alucinan con nuestra forma de vivir, con nuestros cachivaches y tecnología  y nosotros aprendemos impagables lecciones de humildad y sencillez de ellos.

Viajar y compartir con los demás es la mejor universidad para el vivir. Viajar es abrir la mente, y dar de comer al espíritu.

WW- ¿Te ha enriquecido como persona? 

SA- Sin duda alguna. Suelo decir que «la vida del bucanero enflaquece el cuerpo y engorda el alma». Curte la piel y te cambia la mirada para siempre. Te hace más humano, más consciente. Más persona, con todo lo que ello significa.

WW- ¿Cómo debe ser el carácter de una persona que trabaja en esas condiciones de riesgo? 

SA- Es muy importante saber convivir. Adaptarte a las circunstancias. Mantener la cabeza a raya, y los nervios templados. Ser abierto de mente y aprender a ver a los demás de no solo desde tu propio punto de vista. Eliminar perjuicios y ser tolerante. Ser positivo ante todo. Creo que una persona pesimista, negativa o tendente a estados depresivos jamás podría sobrellevar situaciones tan extremas.

WW- ¿Cómo reaccionar bajo la presión? 

SA- Uff… difícil pregunta. Es algo totalmente impredecible. Depende de la situación en la que te encuentres. Yo conseguido mantener la templanza en momentos complicados, pero también la he perdido en otros. No es fácil. Siempre afirmaré que en la montaña, el factor físico es importante, pero el mental lo es todo.

WW-  ¿Cómo es la preparación previa a la expedición? ¿Física, psicológica?

 SA- Hay una exhaustiva preparación física antes de partir. Sueles entrenar a conciencia con anterioridad. Preparar el cuerpo para tan tremendo esfuerzo. La alimentación previa también es de suma importancia. Se pierde muchísima proteína debido a la altura, y por ende, musculatura. Solemos entrenar en gimnasio y en la sierra. Normalmente haces tablas de ejercicios de musculación, combinados con travesías por las montañas que tengas más cerca.

En mi caso, he vivido 10 años en la sierra de Madrid, en Cercedilla. Así que tenía un enorme gimnasio natural a las puertas de casa.

En cuanto a la preparación psicológica, no suelo hacer nada especial al respecto. Lo que sí tengo muy claro es que, en cuanto me siento en el avión que ha de llevarme de Madrid a Katmandhú, dejo atrás todo lo concerniente a mi vida personal. Intento mantener alejado todo recuerdo de mi gente y mi vida en España. Centrarme solamente en la expedición. Es muy importante para que la cabeza no te la juegue allá arriba.

WW-  ¿Cómo es el material y la cámara con la que trabajas? 

SA- Llevamos bastante equipo técnico. Una cámara de vídeo HD gran formato, en concreto la Sony XD CAM PDW700. Dos cámaras HD ligeras para la filmación en altura. Trípode, monitor, baterías, material de sonido, cintas y discos, óptica angular y teleobjetivo… así como ordenadores para la edición y montaje de vídeo, y un sistema portátil de transmisión vía satélite. Importantísimo disponer de una buena emisora bibanda para las comunicaciones entre los alpinistas y el campo base, y un sistema de telefonía satélite Thuraya.

Mandamos piezas cada semana para informativos y la web del programa.

En las primeras expediciones, también llevábamos una cámara de cine de 16mm de reserva, por si fallaba la electrónica debido a la presión y las condiciones climatológicas.

¡Ah! , y las cámaras de foto personales.

WW-  Debes andar y escalar mientras filmas… ¿Cómo lo haces? 

SA- Con cuidado, paciencia y paso lento… «vistare vistare» que dicen los nepalíes, es decir: «despacio despacio». Normalmente, nos adelantamos al resto de la expedición para buscar una buena posición desde donde realizar la toma. A veces subimos, y luego nos toca bajar porque el tiro de cámara no es bueno. Agotador…

WW- ¿Tenéis algún tipo de ayuda durante la expedición? 

SA– ¡Claro! sin la ayuda de los porteadores y los sherpas de altura, sería imposible abordar una expedición de esta magnitud hoy en día. Desplazamos unos 3.500 kg de material y equipo. Para ello contratamos 150 porteadores de media. ¡Imagínate si tuviésemos que subir todo ese material por nosotros mismos!

Los sherpas son los encargados de portear el material necesario para equipar los campos de altura. También son los encargados, en muchas ocasiones, de abrir las vías de ascensión y fijar la cuerda. Ellos son parte fundamental del éxito de una expedición.  Lástima que su esfuerzo sea poco reconocido en el exterior y que no haya recuerdo ni gloria para los caídos en la montaña.

WW- ¿Cómo es la vuelta a casa? 

SA- La vuelta a la civilización la hacemos por fases. La primera es la llegada a Kathmandú, capital de Nepal, donde pasamos unos días de descanso y recuperación antes del regreso a España. Imagínate tras tanto tiempo durmiendo en una tienda, sobre el frío suelo, lo que supone dormir en una buena cama ¡y la ducha caliente! El mirarte a un espejo tras dos meses sin hacerlo. Comer una ensalada fresca. Tomar una cerveza en una terraza de Thamel oyendo a un buen grupo de música… ver chicas guapas por la calle…

Es como si soltaras a un indígena en medio de la ciudad. Todo parece nuevo. Vestir vaqueros, chanclas y una camiseta. Oler bien, afeitarse… esas pequeñas cosas del día a día, esas que tanto se echan de menos allá arriba.

Luego la vuelta a casa. Ver a tu gente. Reencontrarme con mi hija. Recuerdo que, cuando mi pequeña tenía año y medio, la llevaron al aeropuerto para recibirme. Me miraba con los ojos muy abiertos y decía «papá, papá…». Sin embargo, lloraba cuando intentaba acercarme a ella para tomarla en brazos. Supongo que al verme tan demacrado, con el pelo largo y moreno del sol, pensó que algo me había pasado. Aún hoy en día, hay veces que me dice: «Papi, una vez fui al aeropuerto a verte y me dabas mucho miedo porque tenías barba, el pelo muy largo y estabas muy feo…». Supongo que, aquello, la marcó de alguna u otra forma.

Durante unos días te sientes descolocado. La ciudad, el ruido, el tráfico, las prisas… en la montaña no hay prisas, te mueves lento, al compás del viento… la montaña no huele a humo, a contaminación…  ¿La vuelta a casa? A veces me pregunto, ¿ y cuál es mi verdadera casa? ¿ésta o aquella que dejé atrás? Como si viviera dos existencias distintas en un mismo cuerpo… ¿Qué curioso, verdad?

WW- Teniendo un trabajo así, ¿en qué empleas tu tiempo libre? No te imagino en tu casa viendo la televisión… ¿Sigues subiendo a la montaña? 

SA- Hace más de cinco años que decidí desconectar la televisión. Una de las mejores  decisiones de mi vida. Tampoco suelo leer la prensa ni seguir las noticias. Salvo quizás, «El Jueves», la única publicación seria que queda en este país.

Mi tiempo libre lo suelo pasar con mi hija. Intento verla todos los días y llevarla conmigo los fines de semana que no trabajo. También quedo entre semana con los amigos de siempre, a tomar cañas por el barrio y ponernos al día.

Soy relojero aficionado. Colecciono relojes y los restauro. Me relaja y desconecta. Ese es mi principal hobby. De vez en cuando me escapo a ver a mi amigo Enrique, maestro relojero, a que me enseñe algunas de las piezas en las que trabaja y charlar un ratito con él.

Viajo mucho por placer. A lugares recónditos y también de excursión con mi pequeña, a ver castillos e iglesias antiguas, otra de mis pasiones.

En cuanto a la montaña, la tengo un poco aparcada. Me mudé al centro de la ciudad y reconozco que me da pereza subir a la sierra. Pero sueño mucho con ella y con el mar… Y aunque sea dormido, rememoro mis vivencias allí.

WW- ¿Echas de menos trabajar en Al filo? ¿Cómo es ahora tu rutina? 

SA- Me gustaría volver a irme de expedición. Reencontarme con Kathmandú, una ciudad que adoro. Volver a ver un ocho mil. Quizás, una última vez. Ahora tengo otras prioridades en la vida. Pero me acuerdo mucho de ello, mucho.

Mi rutina actual se resume en «un poco de todo». Podría decirse que soy un mercenario del audiovisual. En estos momentos, estoy trabajando para «Documentos TV», rodando documentales de diversa temática. Un buen destino, sin duda alguna.

WW- ¿Cuál sería el programa que aún no se ha grabado y te gustaría hacer? 

SA- Me encantaría hacer una serie sobre la España de los mayores, de los ancianos. La España de nuestros abuelos. Recoger las leyendas, tradiciones y relatos de los mayores. Ese legado que se va perdiendo poco a poco. España es un país maravilloso, lleno de lugares increíbles, de misterios y tesoros que, aunque a la vista de todos, siguen estando ocultos para la mayoría.

WOMANWORD- Un objetivo 

Sergio Alfaro- Ver el mundo con los ojos de un niño y así, mostrárselo a los demás.

Share.

Leave A Reply