La Mecedora

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Por Rocío Pastor Eugenio.

El Centro Dramático Nacional, presenta, hasta el 19 de febrero, en el Teatro Valle-Inclán, de Madrid: La Mecedora. Bajo la dirección de Josep Maria Flotats, cuya carrera teatral ha sido galardonada con el Premio Gérard Philipe al mejor actor, el Premio de la Crítica Francesa, el Premio Nacional de Teatro, el Premio Ojo Crítico de RNE, el Premio de Cultura de la comunidad de Madrid y el Premio de las Artes Escénicas de Castilla‐La Mancha. Y ha sido distinguido con varias condecoraciones: Officier des arts et des lettres y Chevalier de la Legion d’Honneur (ambas del Gobierno francés), y la Medalla de Oro al Mérito a las Bellas Artes (del Gobierno español).

Ésta obra, de Jean-Claude Brisville está versionada por Mauro Armiño y se desarrolla, de forma espectacular, dentro de la escenografía de Alejandro Andújar, que confiere a la escena ese ambiente oscilante entre lo cálido y lo gélido, lo impersonal y lo cercano.

Si debiese definir esta obra en una sola frase, eligiría esta: La palabra justa contra el silencio acertado.

Por suerte, tengo espacio ilimitado para desgranar el abanico de cultura concentrada en una obra de teatro, que ofrece La mecedora.

Bajo el espectacular texto de Jean-Claude Brisville, en el que el diálogo supera las fronteras establecidas y se desarrolla con precisión entre el elaborado monólogo de Jerónimo, interpretado por un dulce Helio Pedregal, que sincero, honesto y campechano, defiende unos valores en los que la humanidad y la cercanía priman sobremanera. Jerónimo define su forma de vivir como “un papel que me haga permanecer en contacto conmigo mismo”.

Éste, se enfrenta a la frialdad de quien, con gesto soberbio, calla, juzga y sentencia. Él es Osvaldo, llevado a las tablas por un elegante Eleazar Ortiz.

El trabajo gestual que realiza y casi sin diálogo, presenta a su personaje a la perfección. Su cuello rígido, su fría coraza, la ausencia de humanidad en sus maneras. Un personaje de empresa, capitalista, convencido con la necesidad económica, desprovisto de relaciones verdaderas, que forma parte del sistema y que sentencia a aquellos que no lo están. Su mirada impasible y su expresión corporal dice más que las palabras.

Ambos representan dos corrientes dentro de este mundo, una misma sociedad que se divide. Lo humano contra lo práctico. La cultura contra la velocidad. Son dos formas de entender la vida, aquél que dentro del sistema se convierte en marioneta del mismo y el que, fiel a sus valores, queda aislado pero aprende a vivir con cuatro pies en el suelo viendo el mundo con los ojos de su corazón.

Se presenta una realidad devastadora, deshumanizada, en la que la sociedad enferma, consumista y desprovista de cultura aboga por el producto sacrificando la creación de una sociedad de pensadores y de escritores que puedan regalar al mundo sus creaciones.

Una sociedad despiadada en la que no se ve más allá del bolsillo creando novedosos inventos para “el progreso”, el progreso alienado. Una metáfora en la que se insta a promover el pensamiento propio y crítico, con la que se apoya la lectura, el tiempo lento y la cultura.

Así pues, se retrata un futuro hacia el que estamos encaminados, en el que el ser humano se convierte en un peón confinado. Un futuro demasiado presente en el que estamos flacos por dentro porque no nos alimentamos ni de cultura ni de amor y en el que domina la alienación y la pasividad.

«¿Es que no juega usted nunca?” “Sólo a darme miedo. Miedo a ganar y no saber entonces quien soy».

Una oscuridad en la que brilla con fuerza la esperanza de la juventud.

La mecedora es el símbolo del eje que, en movimiento constante, trata de buscar el equilibrio.

Gerardo es el tercero en discordia. La integridad de la juventud y la lucha por la conservación de sus valores y de sus ideales está representada por Daniel Muriel. Un joven que no se vende al sistema sino que lucha en pro del intelecto y del arte, que ama y que se expresa con sinceridad.

Ciertas preguntas resuenan en las mentes de los espectadores: “¿Quién eres detrás de tu  puesto de trabajo? ¿Qué quedará, qué te definirá cuando lo material desaparezca?”.

Y a pesar de todo, puede que las palabras venzan al silencio y los hechos  quiebren el frío hielo.

Para aquellos que estén decididos a enfrentarse a una obra de teatro en la que prima la cultura, el lenguaje culto y cuidado, en la que el pensamiento no puede dejar de funcionar y la mirada ante el espejo de la verdad es inevitable, dense prisa ya que las localidades para asistir a este espectáculo están cotizadas.

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1 comentario

  1. cipres enardecido on

    ya no se que poner después de leer tu critica, no es justo que lo hagas tan bien Womanword, después de ver la obra me quedó un regusto muy, muy amargo,pensé ¿hasta donde valorarían mi esfuerzo y dedicación en mi trabajo?o ¿soy sólo un mero instrumento que les «saca»el trabajo?y soy enfermera…sólo hacerme ésta pregunta resulta triste.En fin escribiendo sobre la obra destaco la sublime interpretación de los actores, la tranquilidad, la paz y la seguridad que se alcanza en la madurez de Jerónimo,quién vive de acuerdo a lo que piensa.La elegancia gestual de Oswaldo, a quien arropa la seguridad del poder( efímera ).Por cierto el actor es super atractivo y Gerardo interpretando la fogosidad de la juventud, la pasión de un camino que comienza…hay que ir a ver ésta obra, es necesario.

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