¡Qué fácil es hacerme sonreír!

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Hoy, tras cubrir el estreno de una muy buena obra de teatro en el que actores, actrices, directores, representantes, famosos y cotillas se han dado cita en una calle céntrica de Madrid. Mi buena amiga y acompañante me ha invitado a cenar. El motivo: “disfrutar de este día y este momento contigo”. Si algo entiendo por romanticismo cabe sin duda en esta frase.

A cambio, la he conducido por mis paraísos secretos de la capital entre risas, charla, confesiones y mucha dosis de cotilleo para acabar -tras una suculenta cena de chips, bacón, queso fundido, hamburguesas de las buenas y batido de helado de fresa servido sobre ruedas-, pegada al escaparate de mi tienda favorita de cupcakes babeando e imaginándome a lo American Beauty rociada con docenas de estos bellísimos pastelitos.

Al entrar en la tienda, el aroma y lo multicolor de los dulces me hace enloquecer. Mi amiga más íntima del salado no entiende porque corro de un lado para otro evocando a Heidi entre las nubes, indecisa y caprichosa: “¡los quiero todos!”. Aún así sonríe cómplice.

Hago mi elección y me llevo dos de ellos para casa, despidiéndome del resto con un temible: “volveré”.

La vuelta entre risas y la brisa de principios de otoño, hacen que olvide mi suculento paquete, que al llegar a casa me parece aún más bonito. Me acerco, lo abro y allí están. Son simples, perfectos y agradables. Igual que una noche con una buena amiga.

Sonrío.

¡Qué cerca está la felicidad!

 

Foto por Rocío Pastor Eugenio.

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2 comentarios

  1. AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAHHHHHHHHHHHHHHHH!!!!!!!! La próxima vez que vaya a Madrid esa tienda no se me escapaaaa!!!
    Extraño muchísimo los cupcackes!! Y aquí todavía no he encontrado un buen sitio donde los hagan… 🙁

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