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Llegar a México: Riviera Maya

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Seamos sinceros, no es sencillo salir de México. Repito: “No es sencillo salir de México”. Presten atención.

Riviera Maya está formada por aguas turquesa de un azul tal que el cielo se refleja cambiando el tono y sus peces de colores, mantas rayas, tortugas marinas y estrellas de mar ronronean entre humanos siguiendo sus rutinas sin agobio. En tierra firme corre el mezcal y el tequila bueno y “suavesito”, la comida obnubila y los paisajes rugen entre la selva, los pueblos coloniales, los otros mayas y las ciudades cargadas de street art y sabor propio de cara al mar.

Yucatán ha atrapado mi alma entre las energías sagradas que emanan de sus ruinas. Poblaciones antiquísimas de saberes basados en la observación del mundo reflejado en sus estrellas.

Hoy comienza una serie de siete reportajes y un vídeo guía sobre mi aventura en Quintana Roo y las posibilidades diversas que ofrece tan plural destino del Caribe.

Tras diez horas de vuelo directo y cuatro comidas con Evelop Air desde Madrid a Cancún, el sol de la tarde mexicana acaricia el rostro al salir de aeropuerto dando la bienvenida al pasajero desubicado y soñoliento.

Con ganas de dejar el aeropuerto atrás, una vez superadas las dos horas de cola para entrar en el país y sus varios controles de pasaporte y equipaje, éste me espera seguro de vuelta cuando acaben mis diez días de aventura y me recuerda que para salir del país deberé pagar 60 euros o 1070 pesos mexicanos en los mostradores de facturación, si quiero volar de vuelta a casa.

Tras las últimas puertas automáticas que se abren ante mí, dándome paso, por fin, a México, docenas de carteles aparecen alzados con desgana por sus conductores o, cómo ellos definen: “Ingenieros de navegación terrestre”.

Cuando encontré a mi ingeniero, nos dirigimos con paso tranquilo hasta la furgoneta, cargamos las maletas y la humedad y la caricia cálida del clima comenzó a dorar mi piel dejando atrás la piel de gallina provocada por el aire acondicionado siempre colocado en “frío polar”, en el interior de cualquier establecimiento.

Sus carreteras desfilan el línea recta con cambios de sentido constantes para cruzar de un lado a otro de la misma visitando las atracciones que a ambos lados esperan la visita del turista y del local.

Cientos de carteles con delfines esclavizados toman la carretera y los resorts, alejados del mar por sólo unos metros y toneladas de cemento, delfines preciosos, de piel lisa y mirada perdida fueron raptados y secuestrados condenados hasta su muerte a nadar en piscinas más pequeñas que las que los turistas disfrutan apilados de seis en seis, de trece en trece, trabajando más de diez horas al día obligados a saltar, girar, transportar y posar turistas insensibles, mal educados, sin cultura, sin razón y sin respeto, ni al medio ambiente ni a los animales, ni tan siquiera a ellos mismos, formando parte, alegres, de tan grotesco e insultante espectáculo. Sólo caminar frente a uno de estos estanques, revuelve el estómago y arranca las lágrimas de quienes opinan que la libertad nos pertenece a TODOS. (Por favor, cierren de una vez los delfinarios, zoos y demás cárceles de animales raptados y mientras eso sucede, dejen de ser público criminal de estos lugares, si quieren ver animales vayan a la naturaleza y observen sin ser parte, quizás así, logremos conseguir que ésta desaparezca por completo).

Con la mirada perdida, continúa mi viaje desde Cancún hasta el kilómetro 266 de la extensa carretera de Chetumal a Puerto Juárez. Cae la noche siempre antes de tiempo en el Caribe y la oscuridad va dando paso a la luminosidad de los “carros”, los colores de los bares situados a los lados de la carretera, las luces de los altos autobuses atestados de personas y maletas y, a pesar del tráfico y de la voz de la Vargas en las radios de quienes conducen con las ventanas bajadas, el silencio de un México vivo que por la noche da paso entre los manglares, el mar, los matorrales y la selva del colibrí, la chachalaca y el zenzontle en tierra o el manatí y las tortugas en el mar, a las fieras terrestres: boas, ratones, tejones, víboras, monos, armadillos, cangrejos ermitaños, coatíes, zorros de Yucatán, rabipelaos, tucanes, monos y ceretes. El respeto en convivencia, adquiere presencia.

Cuando llegamos a mi destino, una recepción de ensueño, fuentes, música en directo y figuras que recuerdan la cultura maya, el Barceló Maya Gran Resort aparece ante mí como una pequeña ciudad conformada por cinco complejos, el mío, Caribe, frente al mar, pelícanos y garzas sobrevolando los tejados y un jacuzzi agradable en la terraza desde el que gozar del servicio de habitaciones.

Con acceso a todas sus piscinas, spa y actividades acuáticas, bolera, casa del terror, centro comercial, casino, más de diez restaurantes y buffets y una playa mágica, de arena blanca, sombra entre palmeras flexibles y ese agua…

Pasar un día en sus hamacas recuperándose del mundo con su gastronomía exquisita y el regateo en las compras de piedras y plata mexicana, es una obligación para el recién llegado. Después, el todo aguarda y es momento de comenzar a enamorarse de sus gentes, de su naturaleza, de sus ciudades, de su historia, tradiciones, música, cultura y de éste todo que conforma un país plural y completo donde la magia del sueño se torna real y las imagines vividas quedan por siempre en la memoria.

Salir de México no es fácil, siempre una parte de usted, querrá quedarse para siempre en sus fronteras.

Bienvenidos a mi aventura Mexicana: WOMANWORD in México

Comenzamos la aventura.

Gracias a B the travel brand por hacer posible otra aventura, desde Jamaica hasta México, ahora: Riviera Maya empieza con B.

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