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El robo del DNI

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WOMANWORD flying to Manchester

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Maleta preparada, facturación realizada, pasé el control del aeropuerto de Barajas, el de la aduana, desayuné tranquilamente un hot chocolate y una cookie, para ir entrando en situación.  Subí al avión leyendo el nuevo libro que había comprado en una de las tiendas de la terminal y volaba camino a descubrir los mejores paisajes del reino de Gales inspirada por los pasos de Charlie Hunnam en ‘De la nada surge un Rey’, sobre la leyenda del Rey Arturo en estas tierras en las que él fue el último Rey de Britania.

En el transcurso surcando las nubes iba pensando en la que iba a ser mi próxima aventura soñando leyendas, batallas por la unidad, batallas por la fé, las creencias, por la naturaleza, por la tierra, por el ego… Gigantes, damas del lago, espadas poderosas, dioses caprichosos, magia, reyes, tronos… Cuando al bajar de avión, la realidad del dividido Siglo XXI explotó frente a mí: “Hola, Brexit”.

Me pusé en la cola que decía: “Ciudadanos de la unión europea” con mi DNI en mano, esperando durante 40 minutos hasta llegar al oficial que revisaría que mis datos y mi foto concordaban con mi cara y me dejaría entrar en Reino Unido, recoger la maleta de la cinta, encontrar a mi conductor y dirigirme al centro de Manchester para dejar la maleta en el hotel, refrescarme y visitar una de las ciudades más hip de UK.

Cuando una viaja, miles de pequeñas alternativas pueden surgir en el camino, algunas agradables otras desagradables, todas sorprendentes por igual. Esta vez, me tocó perder.

Al llegar a la aduana, por fin, el oficial al ver mis ojos celeste y mi pelo rubio, sonrió amable, me dio los buenos días, cogió mi DNI casi sin prestarle atención y empezó a hablarme del tiempo.

Segundos después, volvió la vuelta a mi DNI, torció el gesto y me preguntó: “Ah, ¿eres española?”, “Yes, Sir”, contesté sonriente. En ese instante, sin acertar a explicar por qué, la amabilidad previa se disipó y su mirada tornó ruda y distante: “Entonces tienes que esperar un momento, ve a esa salita”, dijo alzando el brazo y el blanquecino dedo índice indicando, sin mirarme, una sala más allá de las cabinas de aduana.

Me dirigí consternada hacia ella pensando en el tiempo que estaba perdiendo. Mi DNI caducaba en 2019, ¿por qué me lo retenía?

Una hora y 15 minutos después, seguía sola, sentada sin explicación y sin documentación en aquella fría y abandonada sala, mientras imaginaba a mi pequeña maleta dando vueltas sola en la cinta y a mi conductor camino a su casa…

De repente, en la distancia, aparecieron dos oficiales de policía, de la Interpol, diferentes al que me había quitado mi documentación, perfectamente ataviados de rígido azul oscuro. Con gesto frío se acercaron caminando lentamente y me indicaron, de nuevo con alzamiento del brazo derecho y el tieso dedo índice, que me pusiera de pie y les acompañara a una sala aún más lejana, aún más oculta, aún más blanca, aséptica y fría.

Les acompañé mirándoles atónita.

Me sentaron en una mesa tan blanca como la habitación y de pie frente a mi, extendieron 3 folios en los que mi DNI había sido fotocopiado y me dijeron: “Ya puedes irte”.

Ante mi confusión, les dije: “¿Y esto qué es?”

  • Eso es tu DNI
  • Esto no es mi DNI, mi DNI os lo habéis quedado vosotros, esto es una fotocopia que ni me acredita ni me permite volver a mi casa, ¿dónde está mi DNI?
  • Tu DNI esta perdido
  • ¿Cómo va a estar perdido si soy la propietaria, mi nombre aparece ahí y te lo he dado yo misma?
  • Tu DNI ya está camino a España para que la policía lo destruya
  • ¡Pero vamos a ver! ¡Qué tengo que volver a mi casa!
  • No es nuestro problema
  • ¡Cómo no va a ser vuestro problema si me habéis secuestrado vosotros mi DNI!
  • Sólo cumplimos órdenes
  • ¡Pero que tengo que volver a mi casa! ¿Qué hago una semana desacreditada recorriendo todo Gales sin DNI, cómo hago el check in en los hoteles, como facturo mi maleta, cómo entro al aeropuerto, cómo subo al avión, cómo vuelvo a mi casa con una fotocopia?
  • Señorita, si no se marcha tendré que ocuparme de usted…

Y así, empujándome, entendí que sin nombre, sin identificación y sin número que dijese quien era, no valía nada. Había dejado de existir, todos los que me querían, todo quien soy, no valía nada en ese aeropuerto, en ese momento. Entendí que somos simples peones, que si ese policía me pegaba una paliza y/o me metía en una celda, nadie sabría que yo estaba ahí, ya que a efectos reales, yo había volado y aterrizado en Manchester y mi DNI ya no estaba en mi posesión, ¿cómo acreditar entonces quién era, cómo protegerme?

Aterrada, baje el odio de mi mirada hasta mis pies y salí mordiéndome la lengua y sintiendo que me ahogaba.

Cuando salí a la zona de recogida de equipaje, mi maleta seguía ahí, dando vueltas, mareada, sola, tal y como me sentía yo misma en ese momento.

La cogí abrazándola como si acercarme a ella me llevase a casa.

Salí del aeropuerto con los ojos en lágrimas y un puño en el pecho.

Afortunadamente, mi conductor estaba esperándome fuera, con el cartel de mi nombre colgando de una esquina, aburrido, medio tumbado apoyado en una señal de tráfico que se alzaba entre los negros taxis británicos.

Al verme, primero torció el gesto, después, al ver mi expresión, abrió muchos los ojos y la boca y se quedó mirándome mudo. Le conté lo que me acababa de pasar y noté como sus puños se iban cerrando apretando fuerte, al igual que su mandíbula. Asió mi maleta con fuerza y se encaminó al coche casi corriendo, tiró mi Eastpak en la parte trasera y se sentó al volante, brazos estirados alrededor de la circunferencia, vista fija al frente y labios apretados.

Me deslicé despacio en el asiento de atrás, me puse el cinturón y comencé el aluvión de llamadas: a Turismo de Great Britain, quienes tanto desde Manchester viajando conmigo, como desde Madrid, movieron cielo y tierra para averiguar qué había sucedido y por qué; a mis padres y a mi hermana, quienes petrificados no paraban de mandarme mensajes cada cinco minutos para saber donde estaba y como me sentía y por supuesto, a la embajada.

Mientras tanto, mi conductor, poco a poco, había ido relajando los hombros. Cuando por fin me quedé congelada mirando por la ventanilla del coche que conducía del revés y del revés viendo pasar las casitas de construcciones agradables, las fábricas, las calles y sus tintineantes semáforos intentando calmar mi “mala hostia”, mi frustración, mi sentimiento de desprotección, la injusticia y la revelación a conciencia internacional de que lo que acababa de vivir a escala 1/200K sucede cada día, en cada país haciendo que las personas desaparezcan como si jamás hubiesen existido por caprichos políticos.

A base de respiraciones profundas y acompasado intentaba no echarme a llorar o ponerme a gritar cuando mi conductor aprovechó para mirarme, dolido, con ojos de profunda misericordia, a través del retrovisor acertando a decir, despacio, a trocitos: “Lo siento mucho, mi niña, es injusto, lo han hecho por que eres española, son racistas”.

Su comentario me dolió aún más. He crecido sin género y sin raza y cada día lucho contra el machismo y la discriminación de género. Hasta este día nunca había sentido la discriminación por raza y es igual de dolorosa e incomprensible que la horrible discriminación por género. Divisiones, fronteras entre una única raza: El Ser Humano. Estúpido, doliente, incomprensible.

Al llegar al hotel, volví a explicar lo sucedido al recepcionista y a Alberto, un camarero español que vino a escuchar qué me había sucedido en mi propio idioma.

Al verme protegida por las chicas de la organización del viaje, las adorables Hannah y Natalie, tome una pinta de cerveza de Manchester, me cambié de ropa y bajé, sin documentación, a conocer la ciudad de Manchester.

No fue hasta el día siguiente que pude llamar a la embajada. Después de desayunar con Alberto un buen chocolate caliente, cargado de cacao y huevos con aguacate y bacon crujiente haciendo tiempo hasta las 9 de la mañana, hora en que la oficina de la embajada de España en Reino Unido ubicada en Londres abría sus puertas.

Al bajar a la recepción del hotel, el adorable recepcionista de ojos color de mar que me había recibido temblorosa el día anterior, puso ante mí docenas de papeles que había impreso tras pasar la noche, en su tiempo libre fuera del trabajo, en averiguar la forma en la que podría volver a mi casa volando sin DNI, encontrando leyes y casos similares al mío, intentando tranquilizarme con información práctica.

Tras abrazarle, alzamos el teléfono, marcamos y esperé respuesta. Al otro lado un gallego me saludaba en español. Al contarle mi historia me cortó a mitad de discurso: “Te han quitado el DNI, sí, lo hacen a diario, no quieren que vengamos a su país, para ellos somos clase baja, bueno en fin, eso y que además, no quieren que vengamos a su país como europeos con nuestro DNI, porque ellos ya no quieren ser Europa, así que pasaporte siempre, ¿tienes pasaporte?”, “¿Cómo, qué? no, está en Madrid…”, “Pues mira, tienes dos opciones: Te vas a Edimburgo a esperar a que te den cita y te hagan un salvoconducto – no un DNI- para que puedas volver a casa”, “Pero yo no voy a Edimburgo mi vuelo es el domingo desde Liverpool”, “Entonces, que tus padres paguen 45 euros a DHL y te envíen el pasaporte por correo urgente, déjate de líos”.

Esa fue toda la solución que recibí. La mía propia.

Vivimos en una aldea global y sin embargo, ésta esta llena de divisiones, fronteras, lejanía y frío. Hemos perdido la humanidad versus la rigidez de normas impuestas, de políticas caprichosas que pisan a quienes intentan ser parte de un todo con respeto. La inteligencia individual anulada frente a la imposición.

Duele.

Duele mucho.

Al llegar a España, me dirigí a la policía nacional. Les expliqué el caso y volvieron a confirmarme que pasa a diario con los españoles.

Con el pensamiento doliente de que el mundo porfiado bajo el imperio anglo, perdiendo poder frente al hispano tanto en Europa como en EEUU, ingleses y americanos se afincan en el odio y coto de lo español con miedo provocado por este odio irracional contra nosotros y recordando hechos de un pasado no tan lejano similares…

Rehice mi DNI, saqué su número de la denuncia por robo en la que NO constaba como perdido y así podría haberlo confirmado el policía de la interpol si hubiese pinchado en el expediente. Lo guardé en mi bolso y dirigí los pasos hacia mi casa. Al llegar, abrí el ordenador y escribí este artículo. Mis palabras siguen sin entender los hechos, pero al menos, mi experiencia queda plasmada, terrible, terrorífica e inexplicablemente.

PS. Viajar siempre con pasaporte, incluso en la UE.

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4 comentarios

    • Pasé mucho, mucho miedo… es una situación en la que sientes que no vales nada y que si quieren hacerte desaparecer, nadie lo sabrá jamás… bienvenidos a 1984

  1. Buen consejo por qué esto es increíble, a mi solo me han registrado y cacheado en el aeropuerto de Londres, sería por lo mismo, por ser Española. No doy crédito y me pongo en tu piel, si me pasa a mí me paso allí los días llorando de impotencia así que fuiste muy valiente 😘😘

    • Fue una impotencia enorme. El miedo de la situación me hizo bajar la cabeza y salir de allí sabiendo que si seguía luchando por lo que era justo, el precio podría ser yo misma. ¿Quién se enteraría de mi desaparición? Estaba indocumentada por el propio gobierno…Me dio mucho miedo pensar que esto sucede a diario. Ahora entiendo la expresión: “No somos nadie”

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