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Atardece en Jamaica

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Pensamientos de una viandante en Jamaica

ATARDECE EN JAMAICA

Atardece en Jamaica, la isla se pinta de rosa y los mosquitos invaden el agua. Sus alas resistentes levantan sus gorditos cuerpos, hinchados de sangre turista de pieles quemadas al sol y comida de buffet. En los resorts comienzan los espectáculos y el olor de la maría mezclada con la piña colada relaja un ambiente que canta reggae.

Más allá, en las afueras del hotel, los empleados hacen cola para ser trasladados en autobús hasta sus pueblos cercanos: Negril, Orange Bay, Lucea o Savannah la Mar, cuya escuela fue inaugurada en 1739 a pesar de que, en una isla de negros, donde 91’2 por ciento de la población es negra descendiente de los africanos que fueron secuestrados y llevados a Jamaica como esclavos, los negros no podían ir al colegio, los primeros 12 en poder asistir eran mulatos y esto tuvo lugar en el Siglo XX.

Cansados y uniformados al estilo británico a pesar de los 35 grados y la humedad tropical, los 200 dólares que ganan al mes en un país cuya inflación eleva el coste del café a 15 dólares el paquete o a 3 dólares el litro de leche o la barra de pan, pagando el 16% de impuestos hasta en los medicamentos, no alcanzan para dejar de pasar hambre, ir a la escuela o superar el dolor que causa ver comparada su pobreza con el derroche de comida que, a toneladas, se tira cada día en los grandes hoteles que ellos limpian, ordenan y gestionan con esfuerzo, cariño y buenas palabras.

Escuchar take it easy mientras una tormenta eléctrica rompe el cielo en la otra punta de la isla, sobre el mar Caribe y su vida escondida entre el turquesa, volvemos en un bus con las ventanas abiertas, aspirando el aroma de la noche de Jamaica y sintiendo aún en nuestras manos el azul del plancton luminoso fruto de la conjunción perfecta entre el agua salada y la dulce.

En mi última noche en la isla volviendo al hotel tras remar en una barca de bambú por el río embrujado de la india arawak Martha Brae, respirando entre el verde de la jungla y los silenciosos fantasmas del manglar, la ciudad de Falmouth y su ritmo tranquilo y musical a ritmo de reggae un sábado por la tarde acompañan el movimiento del agua que aún mece mi cuerpo tras visitar la bahía luminosa en la Laguna Azul en el que fuese el puerto más importante del Caribe y ciudad con agua potable antes que la mismísima NYC.

Isla de agua y madera pura, donde las plantas crecen 3 centímetros al día, donde el verde es tan frondoso que cada región tiene un árbol frutal especial, en la que la marihuana, cuyo consumo está prohibido, crece libre en los arcenes y donde el 98% del agua es potable gracias a sus más de 140 ríos.

Repaso en mi mente los rostros que han roto las máscaras de los prejuicios al ver a una blanca, rubia, de ojos claros, (parecida a todos los que antes les maltrataron, a todos los que siguen esclavizándoles, sin salario, a base de propinas, robando los recursos de sus tierras y aplacando con fuerza la posibilidad de un país de vivir de su esencia), hablando con ellos en patois, su idioma propio, adaptado de quienes les oprimieron en busca de tener algo propio que los representase; acercándola a sus vidas, sonrisa sincera y respect como despedida.

La isla de Jamaica desde sus mercados callejeros hasta sus pueblos que crecen alrededor de la carretera, de accidentes de tráfico y de la agilidad de conductores de perfume verde, de cabras callejeras y perros cariñosos, de verde extremo y azul jugoso, se completa con su clima agradecido durante todo el año alterna 9 meses de lluvias donde el sol juega con las nubes y grandes truenos, relámpagos y furiosa lluvia caen con fuerza durante unos minutos, desapareciendo después, hasta el día siguiente.

Una isla que invita en su colorido y seduce con su bondad, su mirada sincera y su No problem, cambiando el chip y obligando, a pesar de las situaciones, a sonreír y ser feliz en el ahora.

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