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Puerto Rico: Orocovis

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Pantalón largo, jersey y coleta. Nos internamos en el bosque desmesurado de las montañas en zig zag que suben el Orocovis por el bosque pluvial de Toro Negro hasta el parque de vértigo de Toro Verde donde la tirolina más larga, alta y veloz del mundo se abre paso sobre un parque de equilibrio, vértigo y hazañas que pondría a prueba toda tu fuerza física y mental, casco en la cabeza, mirada sobre las nubes y arnes tensado.

El árbol de la lluvia, yagrumo, gira sus hojas anunciando lluvia. Hayan dicho boricua que dice: “Tienes dos caras, como el yagrumo”, por las hojas de este árbol, plateadas de un lado, verdes del otro. Cuando la hoja vira del lado plateado, ponte a cubierto, viene la lluvia.

Por la carretera vamos dejando atrás el calor de los shorts para adentrarnos, a través de los guachinches de comida rápida, pescado y plátano frito, en el frío bosque, su lluvia templada y el sonido de sus aves.

El otro pulmón de la isla es el Yunque, en Río Grande, donde nos dirigimos para dormir en nuestro nuevo hotel: Wyndham Grand, 800 habitaciones, 90 empleados que han crecido con el mismo durante los 20 años que lleva abierto al público.

Un lugar mágico donde somos recibidos con cariño, coctel de bienvenida, cena abundante y habitaciones cálidas con mirada al corazón del entorno.

Entre sus pasillos exteriores, de amplias fuentes, rodeando sus diez restaurantes, más allá del ruido de los dados del casino, doy de comer a las enormes iguanas, que bromean lamiéndome los dedos para darme un pequeño mordisco final mientras grito de susto y me caigo de culo muerta de risa.

El agua corre en este paraíso donde me siento toda una exploradora. Más allá, en la pradera se está celebrando una boda, del otro lado, el amplio campo de golf inunda en verde la ya esmeralda vegetación de esta parte de la isla.

De un lado el mar, del otro, el bosque. Miles de coquíes cantan por las noches y el frío de la vegetación exuberante choca con el vapor de agua del cálido mar.

En medio, nosotros, entre miles de piscinas de agua cristalina, aprendemos a relajarnos jugando a amar la tierra como los antiguos aborígenes.

Como veíamos en el anterior reportaje Puerto Rico: Un café, por favor, sobre las diferentes actividades desarrolladas por la organización Para la Naturaleza, en la isla de Puerto Rico, el turismo de naturaleza es un fuerte aquí, no son pocas las localizaciones de película en la que perdernos siento parte de un todo natural.

Entre ellas, las diferentes Haciendas, como la que veíamos de Buena Vista, en Ponce o la Hacienda La Esperanza en Manatí, en el Valle del Río Grande; el jardín botánico norte, el Cañón de San Cristobal en Barranquitas y su colonia de árboles nativos; la reserva natural de Cabezas de San Juan en Fajardo con su preciosa laguna Grande, famosa por su luminiscencia, manglares y vistas; más las diferentes actividades que veíamos en el reportaje anterior, como esperar a los murciélagos de la Cueva del Convento, caminar por el bosque Pterocarpus, conocer las cavidades del río encantado en la cueva Yuyú o Coamo, baños termales indígenas calentandos por la geotermia y cargados de minerales, tantos, que a los tres minutos de baño, tienes que abandonar las aguas para no marearte, según me cuentan los autóctonos de la zona. Al lado, un río de agua fría rodea la terma, de forma natural, uno al lado del otro, conviven el calor y el frío. Perfecto para cualquier tratamiento de bienestar.

Una isla cargada de magia, posibilidad y ensueño que no quiero dejar de descubrir.

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