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Puerto Rico: En mi Viejo San Juan- primera parte

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Por la mañana, tras un desayuno típico americano: avena, judías, huevos y bacon aderezado con las mil frutas naturales de la isla en esta mezcla que revela que Puerto Rico es estado americano, chanclas en los pies, moño en el pelo, protección solar en todo el cuerpo y un vestido ligero de algodón, nos ponemos en marcha para descubrir el viejo San Juan bajo 40 grados de sol latino.

Nuestro guía, ex marine, Yugo, nos explica con cariño y detalle todo lo que acontece a nuestro alrededor, desde la tradición arraigada hasta la modernidad impuesta.

Los indios taínos, el último eslabón aborigen, ya habitaban estas tierras boricuas antes de ser invadidos por blancos europeos que traían a sus esclavos de África para crear una raza nueva, dicen, la más bella del mundo: la trigüeña.

En Puerto Rico se hablan cuatro idiomas: el aragúaco, el español, en inglés y el spanglish. Los carteles que rezan las calles mezclan estas formas de hablar creando un estilo de vida propio, castizo y único.

Desde el “servicarro” hasta el mofongo, ésta isla verde se baña del color del mar que cada año sube y sube de forma desmesurada haciendo desaparecer carreteras, acariciando el malecón, por culpa del cambio climático.

Sus arenas, a lo largo de la isla, cambian del color blanco al crema y al dorado cuando más se acerca uno a la montaña.

El bosque del yunque, su verde y sus cataratas hasta las paradisiacas islas repletas de vida marina y bahías llenas de luz entre sus oscuras aguas.

Una cara a Atlántico, otra al Caribe.

La ciudad de San juan, se muestra tranquila, con sus edificios de colores alegres y la música en las calles. Pongo a prueba el reto de mi padre y me acerco sin distinción a mujeres, hombre y niños de cualquier edad, cámara en mano y sonrisa inmensa entonando: “En mi Viejo San Juan…”, abriendo los brazos y sin dudarlo, todos ellos, a lo largo de la ciudad, de la playa y del camino, continua la sonata para terminar, juntos, cantando a coro.

El arte se cuela por cada rendija, en forma de graffitis, street art, lienzos, música, colores en las paredes y blancas ventanas. Carteles que rezan “pare”, bailes espontáneos en la calle, radios que emiten canciones y sonrisas sinceras que caminan tarareando un son.

Recorremos las casas coloniales, sus amplias iglesias, disfrutando de la historia, de los patios interiores y del estilo criollo caribeño y el esplendor de los años ’20.

Bebemos café portoriqueño bajo cualquier excusa degustando su envolvente sabor natural y cambiamos unos chavos para comprar un anillo de plata y piedra del caribe de azul celeste e infinidad marina.

Los carros pasan tranquilos, cristales tintados para escapar de la luz del sol confiriendo un aire de guetto americano al ambiente cuando cruzan a tu lado inmensos coches cuyo morro supera mi cabeza y cuyas matriculas, decoradas, sólo se encuentran en la parte de atrás.

No cuesta nada imaginarse al pana Enrique Morales por aquí cantando ‘Living la vida loca’, aunque ahora se le conozca bajo el nombre de Ricky Martín, mientras atravesamos tiendas de recuerdos, grandes almacenes, tiendas de barrio, restaurantes, puestos ambulantes y símbolos oficiales en los que reza la “Y” y la “F”, de Isabel y Fernando. Tanto monta…

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