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Cuba: Cruzando el Cielo

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“Hasta la Victoria Siempre”

El Ché Guevara pronunciaba estas palabras en una carta dedicada al que llegó a ser el máximo dirigente de la isla de Cuba durante años, plantando cara a Estados Unidos, sobreviviendo en bloqueo constante.

Muchas han sido las críticas, muchos los apoyos, política fuera de estos reportajes, hoy vengo a hablar sobre mi viaje a la isla de Cuba, pequeña superviviente centro americana, cuna del trópico, entre el mar Caribe y el océano Atlántico, raíz de salsa, guayabo y son.

 

Cuando visité la isla, el cielo bajo mi avión se tornaba claro, limpio y fresco, dejándome mirar hacia abajo viendo los cambios de geografía.

Aterricé despojándome la ropa de invierno y sacando presta de la mochila, unas chancletas de goma.

Un autocar nos recogía, mochilas a la espalda para adentrarnos en el corazón de La Habana. Allá entre Vedado, Paseo del Prado, bajando la gasolinera Oro Negro, antes de llegar al malecón, un pequeño hotel de arquitectura colonial, paredes verde pistacho y balcones pintados de blanco, nos esperaba con bellos cisnes de toalla decorando una humilde habitación de paredes desconchadas.

No me importaba el aspecto gastado de la que sería mi casa los próximos días, la calle, allá abajo, resonaba en música callejera y formas de vida de temperaturas cálidas.

 

Una de las islas más cultas de América, su universidad, grandiosa, abre las puertas para todos los que decidan entrar. Ciencia, matemáticas, arte, medicina, baile… los mejores profesionales entre unas paredes de altos techos y jardines cuidados.

Capitolio, sus leones, alguien que pide dinero, coches de colores perfectamente conservados, una mujer que barre la calle frente a su casa, callecitas que miran al mar, edificios de colores y carteles que invitan a la vida en sociedad educando a través de la cultura y no de la prohibición. Allá, donde los relojes se atrasan, los carteles de “prohibido pisar el césped” incitan al pensamiento propio: “Disfrutar es cuidar lo bello”.

A través de la luz de sol que se cuela entre las enredaderas, se huye del calor y la humedad en las casas coloniales de patios que huelen a humo de puro y saben a mojito mientras cantan, voces en alto y corean la musicalidad que nace instintiva en pasos y caderas, mientras la pachamama otea la suerte de sólo un vistazo.

 

Esta es la Cuba en la que los hombres silban, las mujeres cantan y los niños juegan en las calles. Mercadillos callejeros venden de todo a los turistas: desde gastronomía a artesanía local sin olvidar las joyas regaladas por el mar y el calendario.

En el malecón cuando cae la noche, las guitarras se suben al cemento, los cocotaxis aceleran el paso y los granizados refrescan la garganta.

 

 

Cultura y patriarcado aunque recelen de la mujer que guarda sus casas. Miradas abiertas que me ignoran al hablar conmigo, refiriéndose a mí en tercera persona estando presente cuando un hombre camina a mi lado.

Dos Cubas pude visitar, la de los turistas y la de verdad, a la que se accedía con otros pesos diferentes y de mano de nativos: cines, bailes, restaurantes… diferencias marcadas entre la langosta y el arroz con pollo.

Me duermo entre colores y olores nuevos, mientras el mar arrulla al ritmo del son habiendo dejado mi firma impregnada junto a la de Hemingway.

 

 

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