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Ámsterdam: Vondenpark, Red Light District y Light Festival

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Tras mi paseo por Museumplein y por el barrio de Pijp, pongo rumbo a uno de los parques por excelencia de la ciudad: Vondenpark.

Mi experiencia en este parque tiene lugar en las últimas horas del atardecer, (o lo que en España denominados como a medio día), entre las dos y las cuatro de la tarde, la luz comienza a caer y se cuela sigilosa entre las ramas de amplios árboles desnudos que se cobijan entre aquellos que resistentes lucen sus hojas perennes.

Paseando por sus senderos de tierra, adentrándome en sus diversos lagos, siguiendo con la mirada los ánades y sonriendo la variopinta sociedad de sus bancos de madera que aúna a la tercera edad y sus boinas con las tribus urbanas más modernas sin distinción, sin problema.

Me paro a sonreír a las ramas de los árboles en un camino escondido y descubro que lo que creía hojas son en realidad pájaros y que más allá, en el tronco de otro árbol vecino, una familia de periquitos verde pistacho alimenta a sus crías. Al mirar entre mis pies, un curioso pato negro de cabeza plana y pico blanco, se ha sentado a descansar su testa sobre mis botines de piel negra y se encuentra a gusto y confortable. Decido llamarle Pepe y me sonrío observando confiado.

Sigo mi paseo con Pepe andando a mi lado y hago pequeñas paradas para que mi nuevo amigo llegue hasta mí con su ululante movimiento de caderas.  Mientras le miro sintiendo la calma y el entendimiento universal que sólo regala la naturaleza, noto una presencia a mi espalda, a menos de dos pasos de mí, una garza tan alta como yo, se ha parado, sobre una pierna y me mira curiosa. La saludo con la cabeza y con Pepe en mis pies, compartimos los tres un momento mágico.

Cuando el frío se torna insoportable y un perro maleducado rompe mi convergencia universal, continúo mi trayecto desde Era hasta el interior de la experimentación humana. Voy al barrio rojo.

El Red Light District se compone de pequeños canales con millones de tiendas súper luminosas y amplios escaparates: comida, pizzas del tamaño de Italia, tiendas eróticas, tiendas vintage, prostitución con rojas cortinitas, supermercados con todo tipo de comida fabricada con sabores a marihuana y coffee shops, donde explican cada tipo de marihuana y sus funciones, entre ellos, el más vendido para: “ponerse contentillo”, es el Super Lemon Haze.

Entre ellos, los más transitados son los Bulldog y la colorida Green House.

Pero también es mucho más, es la Casa Rosso, la catedral Oude Kerk, el castillo Waag, la plaza Nieuwmarkt y Chinatown, donde el turista cambia de país en cuestión de calles y las tiendas, los letreros y las miradas cambian.

En el corazón de Chinatown, el dorado templo budista Guan Yin, emerge sobre sus escaleras color rojo y abre sus puertas al visitante que desee encontrar su porvenir en un cesto de frases que invitan a la reflexión, varitas de incienso y palmas al pecho, para cerrar los ojos y saludar.

Tras varios paseos y diversas conversaciones, me encamino al río. En el muelle 235 me espera el Amsterdam Jewel Cruises con sus tres maravillosos tripulantes, el Capitán, perfectamente ataviado, la adorable camarera y el director, Marten, quien me explica todo sobre esta bonita experiencia para cenar: Un tour por las luces que iluminan los canales de toda la ciudad conocido como: La Ruta de los Canales.

El barco de madera pulida en el que navegamos tiene más de un siglo de edad. De origen alemán se usaba como ferry hasta que fue reconstruido y convertido en barco-restaurante perfectamente preparado para albergar en su interior una estancia cálida y agradable incluso en invierno.

El Menú elegido una vez se sube a bordo, consta de entrante, principal y postre. Muy completo, delicioso y bien administrado durante las dos horas y media que dura la experiencia recorriendo el Light Festival of Amsterdam a través de sus canales y sus esculturas de luz por toda la ciudad.

Champán de bienvenida, salchichón, anacardos y aceitunas. Rosas rojas coronan la mesa y las velas en cada mesa dan una apariencia de calma y romanticismo a la estancia.

Vino Burdeos, luces, historias a bordo a cargo del Capitán que también hace de guía turístico a quien se interese por escuchar.

Tras el Burdeos, un vino de la casa, italiano esta vez, de cepaje cuidado y gran aroma. Comienzo con una sopa de tomate para calentar la barriguita seguida de un maravillosamente maridado salmón para después pasar al pato, como plato principal en mi elección de menú.

Así, me cuenta, mientras apoyo los codos en la barra acolchada que separa su estancia de mi mesa, que hay 800 puentes en Ámsterdam y gracias al turismo, éstos se iluminan decorando la ciudad y permitiendo el desarrollo del turismo fluvial. Es un placer recorrer los canales en este tranquilo barco viendo la ciudad desde el interior de sus canales.

La ciudad está construida sobre palos de madera de 10 metros de alto que se hunden por el peso provocando lo que veíamos en reportajes anteriores: ¡Las casas danzantes!

Vemos los edificios, sus amplias ventanas, el interior de sus hogares, sus luces. Es muy relajante, es una experiencia que hace feliz. El agua calma por dentro y más si viene acompañada de una ciudad encantadora y mágica, compañía inigualable e improvisada en este precioso entorno, en este bote cargado de historia y cariño.

Los canales son super bajitos y poco a poco, a ritmo lento, recorremos el río Amstel comparando sus diferentes tipos de viviendas: edificios, casas barco cargos reconstruidos o las casas barco prefabricadas, verdaderas casitas flotantes, donde las más ciudades son las que se encuentran en los canales de Rembrant Square.

Cuanta más gente vive en la ciudad, más canales se construyen. Paseamos por Singel, Gentleman,  Empire y Princen, éste último, donde esta el restaurante que nos trae la comida a bordo y paramos a hacer una foto en el único lo punto desde donde se pueden ver siete puentes seguidos… La verdad es que no te cansas de mirar por la ventana.

Pudiendo elegir la situación de la mesa en el tour, las mesas de delante, hablan entre ellas, preguntan por lo que visitan y comparten experiencias entablando amistad entre sí. Al fondo, los románticos disfrutan de la privacidad de sus estancias posteriores.

La experiencia resulta tan romántica y especial que muchos de sus pasajeros aprovechan la velada y piden matrimonio a bordo.

Perfecto para parejas, amistades, familia o incluso sola, es un regalito para una misma que se disfruta al 100%. Es una preciosidad, luxury, cálido, agradable y exclusivo. Una noche perfecta en la ciudad, con una experiencia única y cuidada y una gastronomía de calidad mezclando la dieta mediterránea con la cocina francesa.

Zarpan 3 veces por semana en invierno y cinco en verano.

Un final perfecto para otro día de diez.

¡Viva Ámsterdam!

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