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Ámsterdam: Museumplein

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Un autobús desde Nieuwezijds Voorburgwal y directa librándome de la lluvia y del viento descontrolado que pone a prueba mi pequeño paraguas color rojo en dirección a Museumplein, la explanada de los museos, donde la ciudad ha colocado, además de una pista de hielo y el símbolo fotográfico por excelencia de la ciudad para cualquier turista bajo el emblema: IAMSTERDAM, los museos más importantes de Ámsterdam.

Tras el posado de rigor y esquivar el choque y caída de 4 bicicletas en colisión bajo el vendaval, me interno en el blanco, amplio y luminoso hall del Rijksmuseum.

En el centro, una recepción en “O”, acoge trípticos en todos los idiomas, a la derecha el restaurante del museo y una explanada con animales disecados en oda a la muerte animal y a la izquierda la entrada a un museo repleto de obras de arte de todas las épocas, haciendo hincapié en sus salas de cristaleras verticales, amplias bóvedas con frescos en los que perderse, escaleras que recuerdan a Hogwarts y de repente, más allá, entre escudos y pinturas holandesas, más allá de la zona modernista con el homenaje de Yves Saint Laurent a Mondrian, aparece una inmensa biblioteca con escaleras de caracol y techos de cristal. Un sueño en el que quedarse anonadado simplemente mirando su brillo, su color, su saber a través de las letras, de los siglos, de las tapas y de ese olor del papel que amarillea: El poder de la palabra es la mayor obra de arte.

Cuándo más fuerte comienza a llover, termino mi visita y encamino mis pasos cinco minutos hacia el norte en dirección al Museo Van Gogh, pero antes de llegar un tifón acuático me arrastra hasta hacerme chocar con una casita baja en cuyo jardín diferentes y especiales esculturas susurran mi nombre.

Me acerco a la valla y siguiendo el contorno del jardín llego a una entrada con cintas rojas chorreando, subo la escalera de esta casita de bruja encantada y doy de bruces con un bol de caramelos de regaliz de colores y fondant. Estoy en la Villa Alsberg, antigua mansión holandesa hasta 1939 que pasó a ser el colegio Saint Nicolás y después, despacho de una firma de abogados hasta ser hoy, por fin, el corazón del MOCO Museum, el museo del mejor artista callejero del Siglo XX: Banksy.

Sus obras coronan cada una de las estancias con mensajes sociales que critican una sociedad actual en busca de la verdad, de la conciencia y la humanidad a través de la sátira, el ingenio y la súplica de la busca del amor sobre todas las cosas. Y es que, al fin y al cabo: “There is always hope”.

Cuando salgo del museo, inspirada y con una mirada diferente, el sol pinta la ciudad de esa luz impresionista que sólo se encuentra en los Países Bajos, donde el agua sobre vuela cielo y tierra creando paisajes y visiones de azules aterciopelados.

Camino tranquila hasta la entrada del Museo Van Gogh, bajo sus escaleras mecánicas internándome en la arquitectura divertida de este edificio y una a una recorro las cuatro plantas decoradas por la magia de este genial artista y de los artistas que compartieron con él estudios, técnica, influencias y territorio.

Agua, magia e historia. Luces que cambian, espirales que crecen, detalles cuidados que sólo son perceptibles para quien se para a mirar, para quien dedica unos segundos a mirar a la cara el alma del artista a través del lienzo.

“¿Dime qué ves?”, imagino decirme al artista arruinado, hablando sobre mi hombro, ansioso por que alguien, sólo alguien, se diese la vuelta, le abrazase y le diese las gracias por conmover su interior a golpe de óleo. Él, sólo, perdido, murió preguntándose si su vida plasmada en cuadros valió la pena. Quien pintó para hablar consigo mismo, para expresar su ternura y la búsqueda de la dulzura de su mirada hacia un mundo terrible y árido hoy sobrevive entre partes de si mismo colgadas con ganchos sobre amplias paredes.

Mi parada entre museos, tras llenarme a comer las chuches del Moco Museum, es el Yoghurt Bar en uno de los barrios más monos de la zona, Pijp, con casitas modernas de colores, bicicletas aparcadas y callecitas asfaltadas de ladrillo y grandes cristaleras, con tiendas vintage y cafeterías de Instagram, con mercados de Pinterest y parques de postal y amplias fontanas. Es el Brooklyn de Amsterdam, la zona hipster aburguesada, más familiar que el Jordaan, menos trendsetter que NSDSM.

Hacía allá me dirijo haciendo uso de mi tarjeta roja y despliegue de mis habilidades con los tranvías de la ciudad.

Una vez en el local, mesitas redondas de madera decoradas con flores fucsia, hacen la delicia de mis fotos cuando frente a mí aparece una bandeja cargada de cinco tipos diferentes de mezclas de yogur y un maxi café con caramelo.

El yogur que tiene una receta exclusiva y secreta perteneciente a la cadena holandesa se combina a la perfección con chía, pistacho, mango, fresa, frambuesa, chocolate, kiwi, caramelo y mil recetas saludables y reconfortantes.

Una parada obligatoria para un bruce delicioso, saludable, colorido y posteable al 100%.

¿Quieres conocer cuál fue mi siguiente parada?

VIAJE A AMSTERDAM: Día Dos

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