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La Tía Antonia

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CÓRDOBA

Ciudad Patrimonio de la Humanidad

Como la Tía Antonia

Después de conocer Extremadura, la tierra de mi familia paterna, he venido a pasear por Córdoba, la tierra de mi familia materna.

En mi memoria la Tía Antonia siempre ha existido. Su nombre, con entidad propia y mayúsculas como nombre propio entendido desde mi infancia resuena con respeto entre los pasillos de nuestros hogares.

Las visitas a la Tía Antonia y a la Tía Lola siempre suponían subirme los calcetines, ponerme el jersey del lacito, la coleta y una faldita. Iba preparada para la exhibición formal familiar. Al final, resultaba que toda esa parafernalia daba igual, mi hermana y yo acabábamos discutiendo delante de todos como dos buenas hermanas y calmándonos después al escuchar la forma de hablar de las Tías, enternecidas con su cariño al mirarnos y sus fotos en blanco y negro.

La Tía Antonia, siempre ha sido más concienzuda, independiente y diferente.

Hija de Antonio Moya Martínez y Concepción Mata Jerez, nació hace un siglo, el 24 de Octubre de 1916, estudió en la República, vivió la guerra, el cambio al fascismo, la transición, el primer gobierno de España y sus sucesivas elecciones hasta hoy en día.

Cuando le hablo de la crisis se echa a reír y se frota los ojos, hoy tiene la vista cansada, pero aún así, sólo usa las gafas para leer alguna receta de las pocas pastillas que le gusta tomar.

Sigue viviendo en la Córdoba que la vio nacer en la casita de la vía de la Renfe, donde su padre y su madre trabajaban, uno como técnico, la otra como controladora, dando paso y reteniendo a los trenes en sus idas y venidas.

En la guerra, tuvo que dejar de estudiar para ayudar a su madre con su salud y en la fabricación de sleepers de diseño con doble lengüeta en forma de corazón que vendían en la calle con suela de goma, conocida como “la guapa”, y se las pagaban a 200 o 300 pesetas.

Recuerda cómo durante la guerra, los soldados nacionales pasaban con soberbia por las vías de tren, recuerda el miedo que sentía, la necesidad de esconderse en una caseta oculta, un sótano en el corral de gallinas de la familia, donde esconderse cuando pasaban los aviones tirando bombas. Recuerda el comienzo de la guerra, cuando ella apenas tenía 20 años. Recuerda la pena que sentía al ver marchar los trenes hasta arriba de soldados que sabía que iban a una muerte segura y verlos regresar con ellos llenos de heridos.

“Eran personas como los demás, todos éramos personas, no quiero hablar de la guerra, siento mucha pena”.

Recuerda incluso como unos soldados lanzaron un trozo de tela vieja, una sábana usada sobre ellas gritándoles que se hicieran un vestido con ese andrajo para que tuvieran algo que ponerse cuando las mataran, denostándolas y humillándolas. Lo que no sabían esos soldados presuntuosos es que la Tía Antonia, cogió el trozo de tela, lo lavó, lo puso bonito y se cosió un vestido que llevaba para ir al cine con sus amigas y el Tío Enrique. Si la vida te da limones…

“Nosotros sólo éramos los que quedamos en España”.

En sus recuerdos, además de vida y anécdotas, errores médicos, enfermedades y personas, también hay demasiadas fechas de despedida.

Con 31 años ella y 27 él, se casó tarde en una época en la que las habladurías y el machismo dominaban la escena. El Tío Enrique unió su vida a ella durante 30 años hasta que murió.

“Cuando me casé no se encontraba piso y una señora me subarrendó. Sólo teníamos una cama, una mesa y cuatro sillas que colgábamos de la pared porque no teníamos espacio, tú fíjate… pero hoy, gracias a Dios, pudimos comprar esta casa, donde vivo”. Treinta años lleva viviendo aquí y orgullosa dice que le encantaba el diseño de interiores y poner su casa bonita.

Después, a diferencia de muchas viudas de su edad vestidas de negro, ella, siempre vanguardista a su época, decidió salir a bailar y allí conoció a “un hombre bueno”, Martín. “Nos juntamos”, dice, “Me hacía feliz” y así fue durante una década.

Cuando le pregunto que hacía en su juventud para divertirse se enoje de hombros: “Solíamos salir a pasear y al cine, después, con Franco tenía que estar en casa con mi padre hasta que me casé”. Después, sí recuerda divertirse, saliendo a bailar en navidades.

Su consejo cuando la cojo la mano chiquitita y casi se asusta y me mira con cariño, es que sea feliz y que si me enamoro, sea de alguien bueno, trabajador y humilde, que me escuche y que me quiera por encima de todo. Me dice, esa es la clave para ser feliz y vivir tranquilo.

“He tenido amor en mi vida, pero nunca le he hecho caso a ninguno”, se ríe cómplice.

De sus doce hermanos quedaron cuatro, como ella dice, de ellos hoy dos siguen cuidando de nosotros. Hoy ella y su hermana, la Tía Lola, la mujer más bajita que haya conocido jamás, salerosa, divertida y pasional, sigue de cerca a su hermana con 98 años.

Ambas nos recuerdan quienes somos y de donde venimos. Nos obligan a guardar silencio y a escuchar en sus tiempos tranquilos de habla sosegada.

La Tía Antonia se pone de pie cuando le digo que quiero hacerle una foto: “Con gafas salgo mejor, que me tapan las arrugas, hija”.

Su mirada y su fortaleza invitan a vivir con ganas y a luchar por nuestros días.

De sonrisa amable y detalles cálidos, Antonia prepara el pan como lo hacía en la casita de la vía aunque hoy viva en un tercero con ascensor en cuya puerta reza un cartel: “viuda de”, donde las fotos de recuerdos que crecen desde el blanco y negro hasta el color, se acumulan en las paredes junto a imágenes de Santos y Vírgenes que hablan de la España en la que ha crecido, de la que no ha salido, de la que ama.

“¿No te cansas de coger aviones?”, “No, Tía, me encanta”, “Yo he viajado mucho en tren, siempre me ha gustado mirar por la ventana, pero lo que más me gusta es bailar”.

100 años y un bastón que suele dejar olvidado en cualquier esquina con la excusa de no utilizarlo.

La envidia de las vecinas de su bloque, hoy, en un tercero, Antonia recibe la llamada de la Junta de Andalucía para felicitarla, un siglo, se dice pronto y se mira con respeto.

Yo me siento a la mesa y como ávida sus albóndigas en vino blanco. La miro risueña y me pregunta cuál es mi próximo destino. Ella sólo quiere que vuelva sana y salva a casa cada vez.

La Tía Antonia, ella. La Tía Antonia, como Córdoba, Patrimonio de la humanidad, al menos, de la nuestra.

Feliz Siglo.

La Tía Antonia El día de su cumpleaños Un siglo WOMANWORD

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2 comentarios

  1. Qué bonito Rocío!!

    Solo con leer cosas tan entrañables como ésta que acabas de publicar, merece la pena seguirte, aunque ya sabes que te sigo en todo tu trabajo, que merece una reverencia por tu constancia, ganas y buen hacer que le pones a todo.

    Felicidades. Me ha emocionado. Felices próximos 100 años tía Antonia.

  2. WomanWord,no dejas de impresionarme,tu sensibilidad,cariño,memoria y detalles historicos ,para tratar este tema y cualquier otro que te propongas.Eres grande,muñeca.Eres unica y te agradezco que compartas con todos ,esta perla de tu vida.Felicidades a esa gran mujer que lleva la historia,nuestra historia,por sus venas.Enhorabuena TIA ANTONIA.

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