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A veces hay que parar para poder seguir

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Viviendo de viaje a veces la vida se escapa entre los dedos.
Cumpleaños, aniversarios, citas con el dentista… todo ondula y fluye en pasado alrededor de una maleta.
Carreteras interminables surcan el horizonte como una senda impenetrable en la que mantener los ojos abiertos, incluso cuando el cansancio hace presencia y la soledad cala por dentro.
Hoteles y atardeceres en los que las camisetas cubren las almohadas para traen el olor al hogar dejado atrás.
Un reloj, una ducha caliente, un par de tostadas, las baterías de las cámaras cargadas, tres llamadas de teléfono, cuatro emails y  un itinerario que seguir, mapa en línea y de nuevo las líneas blancas de la calzada gris animando al viajero.
 
Un cartel, un pueblo, sus gentes dormidas al amanecer. Historias que callan entre susurros de la mañana y rostros que esperan la mirada inquieta de quien fotografía el lugar a través de sus almas.
 
Caminos por andar, caminos paralelos. Asfalto, polvo, hierba… veredas tranquilas, otras bajo la lluvia, otras que suenan a claxon y descansos buscados en los que mirar al cielo viendo pasar a quienes con rumbo marcado siguen contando kilómetros.
Mientras divago entre mis viajes por Extremadura, Córdoba, Galicia o Murcia, conduciendo y descansando, pensando y escribiendo, gasolina y maltesers en una misma parada, la carretera por delante y una canción en la radio.
¿Próximo destino?
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