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“Sólo queda tristeza”

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Era una noche calurosa de principios de verano, de esas en las que todavía no has previsto que el calor apriete y te pilla de sorpresa con las sábanas enredadas y pegadas al cuerpo haciéndolo sudar. Entre vuelta y vuelta y cambio de almohada me dan las 2 de la mañana.

Tras haber pasado casi dos horas cantando la misma canción, ukelele abrazado, vecino dando patadas y yo sentada frente al portátil sobre todos mis cojines en pirámide apilados, intentando aprender una letra en inglés imaginando un escenario donde cantarla frente a una hoguera con el sonido del mar mi espalda y las largas noches de verano.

Decidí que era hora de dormir, apagué la luz consecuente, al día siguiente tocaba madrugar, pero no sirvió de mucho cuando los ronquidos del vecino de arriba me hicieron temblar estrepitosamente, como si un monstruo se hubiera apoderado de todas las paredes de mi casa haciéndolas vibrar de forma indolente.

Decidí coger el teléfono y empezar a pasar el muro de Facebook de arriba abajo, de abajo arriba, pasando historias, estados, fotos y vídeos, muchos de ellos, de esos que ahora están tan de moda en las revistas que intentan ser online, de esos que se hacen con pequeños recortes de otros vídeos que ya hemos visto en youtube, unidos y subtitulados con una letra bonita de tipografía cuidada para contar una historia en menos de un minuto sobre un tema que nos haga, aunque sea un poquito, reflexionar de forma divertida, sobre quienes somos, dónde vamos, qué hacemos… este en concreto trataba sobre la Tierra; en la biografía anterior había visto uno sobre como una orca del Loro Parque en Tenerife intentaba suicidarse permaneciendo fuera del agua durante varias horas.

Cuando me paro a pensar y recapacito me siento vulnerable al entender que el ser humano no puede ser otra cosa que cruel debido a su falta de cultura, de asertividad, de emoción, de educación y de humanidad, curiosa redundancia. Mientras veo a la orca, sola, raptada, encarcelada, luchando contra su propia capacidad de supervivencia con tal de acabar con ese calvario, recuerdo una noticia leída esta mañana: En España se está construyendo el delfinario más grande de Europa, esto sumado a otra noticia que hacía saber que de 283 especies de delfín cautivas en Europa, sólo 100 pertenecen a España… pensando en mis delfines libres del mar de Azores, en las ballenas que vi mutiladas intentando nadar entre un mar de plástico, en el zifio que encontré muerto en Berria y con el mal cuerpo ya preparado, encuentro un documental en la biografía siguiente que habla sobre como la Tierra tardaría escasos años en recuperarse a sí misma libre, pura, bella y fuerte tras la erradicación del Ser Humano.

Con esta idea en mente, sonrío y me siento algo más tranquila.

Con los ronquidos de arriba, el calor agobiante, el estrés rutinario de esta ciudad de cemento y los “tengo que…” acumulados, cada vez me siento más incómoda en la cama.

De repente una luz azul brilla en mi teléfono y encuentro un Whatsapp que reconforta la entrevela. Como guiada me levanto, enciendo la televisión por primera vez en mi vida, de madrugada y me siento delante de un canal que cuenta en documentales cuidados, con cariño e imágenes en bruto, una realidad de un mundo que se nos aleja, que se nos esconde y que cuando es mostrado, se hace a deshoras, rápido, no sea que si pasa mucho tiempo empecemos a tomar conciencia y creemos opiniones firmes.

Allí en la pantalla, un reportero alto, rubio, de ceño fruncido y expresión grave, aparece vestido con ropa de Decathlon a lo expedicionario de cómic de Tintín, en mitad de la selva del Amazonas. A su alrededor todo un poblado le observa con ojos esperanzados, casi sin pestañear, le miran y esperan de él que pare el dolor que sienten al ver desaparecer su casa. Mirándolo como si fuera el héroe prometido que viene a ayudarles, casi sin respirar, sin hacer ni un ruido, con miedo a que él también desaparezca y vuelvan a quedar desamparados, sin voz, olvidados…

Él, en mitad de toda aquella tribu resalta y no lo hace por su altura, ni por el color de su piel, resalta por lo extraño que se hace ver a una persona occidental en mitad de la selva, ataviada con ropas extrañas, con botas enormes y sombrero con cordón a la barbilla, extraño, artificial entre tanta naturaleza pura. Él, hombre blanco, hombre occidental, ése del primer mundo, aparece ahora pequeño, solo, perdido, mínimo, vulgar y hasta frágil a pesar de sus casi dos metros de altura, su dieta rica y extensa y su rutina de gimnasio low cost.

Miro y miro en la pantalla, casi embobada, metiéndome dentro, observando como las mujeres tatuadas de faldas de paja que aparecen en la misma y veo que ellos, esos de tez morena, bajitos, de pies callosos, esos que se han resistido a las imposiciones de poderosos avaros, esos que serían tachados de “ignorantes” por quienes no saben abrir su corazón, forman parte de la tierra, representan la naturaleza, su voz y su equilibrio. A través de los siglos han convivido en paz con el mundo. Estos “salvajes” a los que se les llenan los ojos de lágrimas cuando los madereros asolan el pulmón del mundo, tienen tanto que enseñarnos que les volvemos la espalda.

Se me hace un nudo en la garganta cuando veo al jefe de una tribu exiliada de su selva, de su verde, sólo, sentado sobre un barril de plástico insultantemente azul en mitad de un barrizal, obligado a vivir una vida que no es la suya, a la que no pertenece, que no ha elegido.

Allí sentado ya no es el gran jefe que andaba con soltura entre la espesura, descalzo. Le veo ahí, desprotegido, chiquitito, triste, intentando combinar una corona de plumas que antaño simbolizaron el cariño a la tierra y el equilibrio natural en el que vivía, con unos jeans gastados que seguramente le hayan dado en alguna ONG.

Ahora no tiene nada. Ha pasado de vivir la tierra a ser pobre y llora inocente delante de una cámara que hace llegar sus lágrimas a las dos de la mañana hasta el otro lado del mundo, a una hora prudente, una en la que nadie puede verle, donde nadie se pueda preguntar qué pasa más allá de la frontera, más allá el sumidero de la ducha, más allá de la tapa del bote de Nutella, más allá del cubo de basura. Nos enseñan a no pensar, nos enseñan a no sentir y mientras veo a ese reportero sentado frente al gran jefe aguantando las lágrimas de una sensibilidad sincera bajo la sensatez de un hombre etiquetado, “sin estudios”, que con el corazón en la mano es capaz de reconocer que cada vez que se tala una rama siente como si a él mismo le amputaran una parte de su cuerpo, como ningún occidental sería capaz de reconocer, me pregunto cuán lejos estamos hoy, en las grandes ciudades, en el frío primer mundo de mentones erguidos, de poder sentir ese amor, ese amor abismal por un mundo que no paramos de asolar.

Frente a la pregunta: “¿Qué queda ahora del lugar en que vivías?

Una respuesta: “Ya no queda nada. Ya no hay árboles, ni animales, no hay agua, ni lagos. Todo se ha secado. Todo ha desaparecido. Ya no hay nada. Sólo queda tristeza“.

Me voy a dormir con los ojos en lágrimas, con un nudo en el pecho y con una intención clara:  Lucharé cada día por dar voz, por crear conciencia y crear una razón pura que nos haga recobrar la humanidad perdida.

Creo en la magia de las palabras, incluso esas que se dicen sin voz y se representan en actos de  valentía, solidaridad y conciencia.

Hoy lucho por tí, “ojos de color caoba”, como alguien tituló un poema conmovido por tu pena.

Unas pocas letras y una firmeza aguda.

Esta noche soñaré con una Indiana Ro capaz de sentir el mundo y ser parte de un todo que necesita conciencia.

Buenas noches.

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3 comentarios

  1. Flor silvestre on

    Que buen articulo womanword!!!casi me alegro de que no pudieras dormir…pero que pena de realidad,yo te acompañare en tu lucha desde mi lugar de vida ,intentando concienciar a la gente con palabras y con pequeños actos.

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