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Pensamientos de una viandante 12: Personas

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En París o en Madrid, miles de personas se cruzan cada día en nuestro camino y sólo algunas llegan a cruzarse de verdad con nosotros.

Resulta curioso como en una misma semana, tres personas ajenas a mí totalmente, pudieron hacerme sentir cosas tan diferentes y tan positivas.

La primera, mientras paseaba por el barrio de Salamanca de Madrid, pensando en mis cosas, algo absorta, puede que hasta cabizbaja y algo agotada de tener que luchar cada día por tener que ganarme el pan y defender mi trabajo con uñas y dientes. En este estado, paseaba y divagaba envuelta en cavilaciones asfixiantes hasta que de repente, noté una mirada sobre mí. Al alzar la cabeza, un modelo de Abercrombie me sonreía. Se me acercó y me susurró: “¿Hace calor hoy, eh?”.

Acto seguido y sin dilación, se quitó la camiseta para posar después, marcando pectorales. Me reí tan fuerte que no se me ocurrió nada mejor que un: “Ah, pues sí, sí que calienta, ¡solete!”

Y calentó y mucho, sobre todo porque me quitó de la cabeza pensamientos absurdos que no me dejaban avanzar y me permitió seguir mi paseo disfrutando de forma real de todo lo que me rodeaba, consciente.

Esa misma semana aterricé en París y otras dos personas se cruzaron en mi vida:

Un modelo de alta costura que me hizo sentirme toda una musa de la moda, mientras me seducía leyéndome la mano con habilidades esotéricas para acertar, sin duda alguna, mi edad según las líneas de mi palma: “Según tu mano- me dijo mientras me la acariciaba delante de todo el backstage de la semana de la moda de la capital francesa– tienes 23 años”, para terminar la frase poniendo morritos y sonriendo de lado. “¡Uy, sí! Justo cumplo 23 (más 7) en abril, ¡tienes un don!”. Y lo tenía, el de alegrarme un día de mucho trabajo y más estrés.

A veces, parar y conversar con quienes nos rodean, nos devuelve esa humanidad perdida, esa conciencia de sociedad que hemos olvidado y desde la cuál, pisoteada, hemos aprendido a crecer en singular, aislándonos y volviéndonos vulnerables.

Con esta idea llegué a los quais del Sena, la música fluía entre los alegres bailarines y el pique nique decoraba los aromas entre queso, uvas y vino tinto.

Sentada, dejándome llevar, un transeúnte, que transitaba, se sentó a mi lado. La reacción inicial habría sido mirar hacia otro lado, pero hoy le mire a la cara, le vi los ojos y le saludé: “Hola”.

Su respuesta fue una sonrisa, por fin alguien le veía más allá de sus ropas ajadas y su pelo revuelto, por fin alguien le sacaba de ese castigo al anonimato y le trataba como a una persona: “Hola”.

Y empezamos a hablar.

Encontré, más allá de los prejuicios, una persona que me sorprendió y que me ayudó a abrir la mente.

“Agua de la mañana – decidió llamarme al enterarse de que mi nombre es Rocío- el problema es que hemos olvidado que somos un mismo pueblo y en lugar de apoyarnos unos a otros, nos atacamos”.

Me contó que le gustaba pasear por la ciudad y pedir al río, a la ciudad y a sus santos una oración dedicada a sus hermanos, la gente que le rodea: “Sed humanos, por favor”.

Al despedirse, me dio la mano y me tocó el corazón. Dejó tras él una tarjeta blanca en la que una paloma volaba surcando una frase: “Je suis un être humain qui respecte tout le monde et qui ne juge personne”, exiliado por la guerra en España, Javier Montoya no tenía más raíces que las de sus pies y un alma universal.

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2 comentarios

  1. María Lopez on

    Precioso… Cierto es que no nos miramos a los ojos y menos aun al corazón. Toda una lección de humildad. Besos.

  2. Ricardo carrasco on

    Pero que bien escribes y que amenos se me hacen las idas y venidas en el transporte público con tus textos. gracias!!!

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