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La última sesión de Freud

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Cuando Eleazar Ortiz me invitó a ver su última obra, no lo dudé ni un momento.

Este actor camaleónico pone mayúsculas a su profesión siendo, en cada personaje, alguien distinto e irreconocible, a parte de su verdadero ser y eso es, sin duda, la base, la grandiosidad y la ciencia de la interpretación.

En la bonita y alternativa Sala Arapiles, Eleazar y Helio Pedregal, juegan mano a mano en una conversación sincera, elevada y cultivada a mostrar a sus personajes con cariño, despacito, haciendo al público que les admira, formar parte de una ventana indiscreta en la que mirar, sentirse cautivado y hasta un poquito más inteligentes ante dos personalidades hechas a sí mismas con el cariño del tiempo, a pesar de los tiempos y en tiempos marcados.

Ambos actores, a quienes desde WOMANWORD ya hemos criticado y visto en obras inteligentes, agudas y audaces, marcan un baile de dialéctica, hechos, razones e intelectos. Un diálogo grandioso de mentes prodigiosas y temas de conversación, de duda y de conflicto tan interesantes que han marcado a la sociedad en sus múltiples pasos desde tiempos inmemoriales.

Religión, política, guerra, prejuicios, familia, amor, sexo… un diván, una sala, recuerdos, enfermedad y Dios a intervalos entre las noticias de la radio y los vaivenes de la realidad.

Una obra que, como el teatro, invita a pensar, a sentir y a escuchar: Escuchar con los oídos, con la mente, con los ojos, con el corazón, con los sentidos y las preguntas, con las mentiras y las verdades, con ganas de saber, con humanidad y aprendiendo en giros de palabras que enmarañan y deshacen argumentos poderosos.

Sin duda, la recomiendo. El buen teatro sólo puede ser símbolo de cultura y tan sólo la cultura, nos hará libres.

Pensemos, respetemos y siempre, por favor, durante la representación: SILENCIO.

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