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De reina revolucionaria: Versailles ven a mí

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De reina revolucionaria: Versailles ven a mí | WOMANWORD

Una visita obligada cuando uno viaja a París es visitar la noble ciudad de Versailles. Tras un tren de media hora desde la cité parisien, uno llega a una ciudad con historia real. Emblema de libros y películas históricas y de aventuras como María Antonieta, Los Tres Mosqueteros o El Hombre de la Máscara de Hierro, Versailles esconde secretos.

Por sus calles aún se escucha el ruido de las ruedas de los carruajes sobre los adoquines, las risillas fingidas, el aire de los abanicos y hasta el relinchar de los caballos. Poco a cambiado la villa desde que fuese cuna de la monarquía francesa, los Louises que aquí habitaron antes de que el centro neurálgico se trasladase a Louvre, crearon un lugar de retiro donde vivir a parte de un pueblo que se moría de hambre.

Más allá de las verjas doradas, el exceso se abría camino con sus arquitectura simétricas y su ejemplo de estilo imitado, más tarde, en toda Europa. Arte, esculturas, pinturas, calados, habitaciones de colores, interiorismo, hogares, pasillos secretos, puertas escondidas, tapices, alfombras, divanes y jardines, enormes jardines que cruzan la línea del horizonte con sus fuentes y laberintos en las que más de una fiesta, teatros y hasta peleas navales tuvieron lugar.

Secretos, silencios y sigilos. Una corte y un lugar.

Cerca de palacio, amplias viviendas de la nobleza se elevan con sus techos de casi 4 metros de altura, sus lámparas de araña, el mármol frío y los espejos enormes de marcos dorados. Hoy en día, siguen siendo el lugar donde la clase alta viene a refugiarse y a fardar.

Más allá, escondida una casa de una reina, encuentros amorosos y más susurros.

En el bosque, ahora rodeado de pisos modestos, los árboles soplan en sus copas mientras recuerdan lo vivido y comentan los cambios en la historia del Ser Humano, desde sus pelucas a sus teléfonos móviles, con las mismas miserias, miedos y codicias repetidas durante siglos, sin saber cuál será la próxima etapa que verán sus ramas antes de ser cortadas.

Versailles habla de una historia viva que aún palpita y que sin embargo no se recuerda, ni se aprende de ella. Nos mira con desdén de cabezas cortadas riéndose de una revolución olvidada, de unos valores que se esfumaron y de nuevos monarcas que con otros nombres siguen manteniendo a un pueblo miserable hacinado en su vacío.

Vengo a Versailles y recuerdo una historia paralela que hace que mirar a la sociedad en un espejo parezca innegable. Vengo a Versailles y mi alma clama por la revolución, abducida entre pastelillos de colores y miriñaques, fotos en un smartphone y redes sociales que inclinan mi cuello olvidando al final alzar la vista y ser reales.

Parece que cuanto más viajo más humana me vuelvo, más razono y más me cuesta seguir dentro del “círculo de confort” adiestrado.

A todo esto… yo hablaba de Versailles… Versailles… y sus laberintos.

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