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Irlanda del Norte: TURISMO EN EL CONDADO DE FERMANAGH

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Volar a Irlanda resulta sencillo y hasta económico, una vez en su pequeño e internacional aeropuerto, una larga fila de vehículos de alquiler ofrecen sus servicios en manual y automático para conducir del revés y al otro lado de la carretera y experimentar así, con mucho cuidado en las rotondas, la experiencia real de turismo en una isla plural, de pequeños pueblos, personas afables y política de revueltas e imposiciones.

Cuando llego a recoger mi coche automático, encuentro un vehículo rojo carmín, extremadamente ancho, grande y majestuoso esperándome reluciente en el aparcamiento principal al que me llevan en una furgoneta advirtiéndome del mal tiempo de la isla: “Tenemos las cuatro estaciones en un solo día”, después descubrí que la estación veraniega es la más difícil de encontrar cuando corresponde.

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He visitado Irlanda en dos ocasiones, una en enero, de la que volví con colorcito en la piel y otra, a finales de mayo, para descubrir la Irlanda del Norte del condado de Fermanagh. En esta incursión en la Irlanda verde, explosiva, calmada y reflexiva, a pesar del capricho del calendario, abrigo, botas, sudaderas varias, doble pantalón y bufanda, viajaron conmigo sin estorbar.

Tras la advertencia de: “Conduce siempre por la derecha y cuidado al adelantar”, salgo, del revés, del aparcamiento, dando vueltas a la española en una rotonda, afortunadamente sin tránsito, mientras mi mente entendía cómo salir de ella sin meterme en el carril contrario que ya estaba recorriendo en sentido circular.

Después de dos vueltas y un tráiler aplaudiéndome, encuentro una vía de escape. Con el corazón a mil y The Corrs en la radio, empiezo a seguir al coche de delante para mantener la ruta y acostumbrar a mi cerebro al, como decía Woody Allen, lado erróneo de la carretera, mientras mi GPS establecía la ruta desde Dublín hasta el Lago Erne, mi primera parada y mi centro de operaciones durante mi estancia en Fermanagh.

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Poco a poco, entro en carreteras estrechas y empiezo a ver esa otra cara de Irlanda. Más tradicional, de pequeñas casitas a ambos lados de la carretera, estrechas, juntitas y de grandes carteles con símbolos que representan el negocio que tienen debajo. Comercios con una planta superior donde vivir, calles de piedra y flores en las farolas, un cielo grisáceo y pequeños murmullos casi apagados por las calles. En las tabernas, el calor, el barullo de algún partido de fútbol en el televisor, una pinta y música en directo.

Otros pueblos, más extremistas, lucen carteles contra el matrimonio para todos con alegatos cargados de odio y miedo a la libertad y a la igualdad que nos hace humanos. Conduzco despacito prestando atención a lo que me rodea.

De repente, abre el cielo azul y una montaña verde, a lo lejos muestra una iglesia de pizarra negra, sobre un prado y tumbas de piedra extendiéndose en rededor. Más allá un faro, un molino y vaquitas tranquilas moviendo sus amplias mandíbulas.

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Un paisaje romántico y péquelas carreteras donde las señales aparecen de improvisto justo frente a la desviación marcada, sin tiempo para girar a no ser que by heart conozcas el camino.

Pequeños caminos, para un coche tan ancho, tractores y andenes de hierba que dan a grandes lagos casi sin distancia. Conducir no es sencillo y entonces, llegó mi primer y único accidente: el camión de delante pierde su carga del tamaño de una teja y ésta vuela directa a mi parabrisas… un giro a la izquierda supondría caerme al lago, a la derecha, sin visibilidad, entrar en sentido contrario, seguir recto, el impacto directo frontal en mi parabrisas… tres segundos y una reacción, derecha, camión en sentido contrario, frenazo y la parte izquierda de mi vehículo arañada acompañada por la desaparición de mi retrovisor. Vuelta a mi carril y continuo mi camino sana y salva, parándome a reposar la aceleración taquicárdica en un campo de girasoles.

Paseando encuentro un rebaño de ovejas y un pastor que con su peculiar acento comparte un cigarrillo y se sienta a mi lado preguntándome qué opino del tiempo de Irlanda y cómo es el tiempo en mi país.

Reconozco que no piso mi casa desde hace semanas y al contarle el tiempo en diferentes partes del mundo, mira al horizonte, cierra los ojos y sonríe, creo que se imagina viajando sin rebaño y con petate, viendo diferentes soles y diferentes cielos, más allá de una Irlanda que nunca ha abandonado y que supone todo para él.

Tras un apretón de manos y un: “Que Dios te bendiga, niña de la amplia sonrisa”, me alejo riendo en dirección a un coche de doble faz y GPS en marcha sigo adelante, aún más precavida y con ganas de descubrir una Irlanda pintada por sus habitantes y su naturaleza pausada, como en un cuadro pastoril.

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Así, llego a Enniskillen, veo su magnífico castillo de color rojizo, subo a su almena y descubro un pueblo rodeado por su río, de casitas bajas, callecitas circulares y de Iglesias regias con altos torreones de campanas escondidas.

Caminando llego a la carnicería de Pat O’Doherty que me habla de los cerdos de la isla, cuidados y criados en libertad, visito el Museo Inniskillings y  tras recorrer un largo camino de entrada, llego al Castle Coole, una casa de estilo francés, de pertenencia en rancio abolengo, de estilo neo clásico y que representa la riqueza de los Irlandeses venidos del imperio británico, perteneciente a la época victoriana y que aún hoy pertenece a sus descendientes de Lord Berlmore. Interiores coloridos, muebles de madera, amplios techos y una entrada de márbol grandiosa entre amplios jardines.

Lámparas de araña, cuadros y la prohibición de realizar fotografías en las habitaciones. Armaduras, cuberterías, entradas secretas, vajillas, papel pintado, libería y simetría constante entre un ala y la otra de cada habitación y de la mansión al completo. Detalles cuidados y grandiosidad demostrada a golpe de talonario.

La historia cuenta que Manor Coole y sus 70.000 acres de tierra fue adquirida en 1655 por John Corry, siendo heredada por su familia durante siglos. En 1707, se contruyó el castillo y la casa de la Reina Ana, creando entre ambas cuidados jardines y respetando el bosque que las protege.

Respirando un aroma embriagados y acompañada sólo por el canto de los pájaros bajo la fina lluvia, vuelvo al coche y busco en un GPS en el que olvido poner: “Reino Unido”, como destino a buscar en lugar de Irlanda, la dirección para llegar a mi hotel, el precioso Killyhelvin, situado a la orilla del río Erne, con sus tonos azules, deportes acuáticos, reunión de bodas, salones de grandes vistas y muebles neoclásicos y sus pastos de hierba con ovejitas y cencerros.

Este tema, el de estar en otro país a pesar de seguir en Irlanda, hace que algunos bajen la cabeza, a otros se les encienda la mirada y cierren la boca con fuerza y otros, venidos de herencia inglesa, sonrían con orgullo.

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Cuando llego, una amable recepcionista me coge las manos y me pregunta cómo estoy, qué me parece el tiempo y se interesa por mi camino hasta allí. Cuando le cuento lo sucedido con el camión me abraza, me sienta en un sofá color burdeos y me prepara un té caliente, mientras pide por favor a un mozo  que me reserve cita en el spa de inmediato y lleve mi equipaje  a mi amplia habitación de doble cama King size, vistas al lago y sofás de terciopelo.

La cuento todas mis peripecias como si hablase con mi madre mientras ella sostiene mi mano y me mira con dulzura desde sus grandes ojos azules algo encharcados. Me acaricia la mejilla y me da dos pounds para comprar el gorro de baño que necesito para bajar al spa.

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Con una copa de champan en la mano y del brazo de la recepcionista entro en mi habitación. Cojo tres chocolates, la ofrezco uno mientras ella ríe como sorprendida, me despido en la puerta, me desnudo, me tiro en la cama y veo pasar las nubes desde mis amplios ventanales.

Decido ponerme en marcha, me calo el gorro, me pongo el bañador y anudando el albornoz blanco, bajo arrastrando los pies por la moqueta señorial, con las grandes zapatillas de felpa que me han dejado en el armario.

A los seis minutos me encuentro en un jacuzzi exterior burbujeante aspirando el aroma de una Irlanda de campo y aire puro, de verdes y azules y de personas que saben pararse a escuchar sin importarles los relojes ni la conexión de datos.

Tras un baño caliente bajo a cenar. Otra agradable mujer me ofrece la mesa más bonita del restaurante, en una esquina  que mira de nuevo al lago y sus bancos de madera con frases de amor dedicadas a otros.

Con una copa de shiraz y cabernet, como carne ecológica de la región, mientras unto pan con mantequilla de las felices vacas de la zona y tan típica de su gastronomía. Las patatas con cebolla y ajo, el queso de cabra con frutos del bosque y el toffee de postre, provocan que sea incapaz de dejar nada en el plato y después de cenar, me quedo escuchando música en el gran salón, cantando con sus invitados grandes éxitos de la filmografía anglosajona.

Así, es mi primer día en Irlanda.

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