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Ibiza: Hacienda Na Xamena

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Llegar al Hotel Hacienda Na Xamena es toda una aventura. Tras conseguir subir a San Miguel, hay que atravesar un bosque de pinos del Mediterráneo, de gran aroma y caminos de tierra.

Después, se llega a un reducto de paz, perdido en la montaña, al otro lado, el barranco que da al mar y las vistas hacia el atardecer en esta bahía de rocas rojizas que bajan hasta el profundo mar.

Tras subirme las maletas a la habitación, encuentro un espacio blanco, amplio, lleno de espejos, con una gran cama, muchos cojines, un sofá, un diván, una mesita de mimbre, una terraza con mecedora, un baño acristalado que permite disfrutar las vistas desde la ducha, la cama, la terraza y desde su punto estrella, el jacuzzi incluido en el interior de la habitación desde el que ver atardecer es todo un regalo a los sentidos.

El hotel crece y decrece en espiral. Cinco plantas con pasillos en elipsis llenos de espejos, pinturas y detalles. Aunque parece que el hotel está aún por terminar, como dejan ver sus cables de leds en el cabecero de la cama o sus cables en el suelo de la terraza superior, la Hacienda work in progress hospedando sus clientes y compartiendo con ellos sus obras y mejoras.

Su dueño, Alvar Lipszyc, me recibe despeinado, mirándome divertido sobre sus gafas de sol, dándome la mano y sonriente, feliz de mostrarme, entre divagaciones, el hotel que su padre creó en la búsqueda de la proporción perfecta, tanto en la isla como en su construcción.

De familia de arquitectos, dice que el mismo crea “espacios donde fluye la magia”. “Esencia”, dice, mientras huidizo corretea enseñándome aquí y allá las mejoras realizadas y las que están por venir.

Un camino de luz, el ruido del agua que desea incorporar haciendo presente la cultura árabe, los elementos de decoración seleccionados, las piedras extraídas de las montañas que nos rodean e incluidas en el propio hotel… mejoras en el Spa y el Restaurante que planea tener abiertos todo el año, mientras que el hotel sólo lo hace seis meses y sobre todo, me dice, las vistas. “Relájate, quiero que entiendas la esencia”, me dice.

Así que me vuelvo a mi habitación, tras tumbarme un rato en las camas circulares que miran al horizonte en la terraza. Me tumbo en la cama, me tumbo en un sofá, en el diván, toco con los dedos la mesa de madera maciza que sale de la pared, me asomo al balcón e inspiro. Me giro y abro el grifo de mi jacuzzi, veo atardecer entre burbujas y dejo que el mimo del entorno me haga parte del mismo.

La esencia, al fin y al cabo, se retrata con imágenes.

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