La Madeleine de París acoge cánticos celestiales

Fotografía y texto por Rocío Pastor Eugenio.

Fotografía 100% libre de retoque digital. Como siempre aquí, en WOMANWORD

Gospel Dream. La Madeleine. Fotografía de Rocío Pastor Eugenio. WOMANWORD

Gospel Dream. La Madeleine. Fotografía de Rocío Pastor Eugenio. WOMANWORD

La Iglesia de la Madeleine de París es una construcción neoclásica con un interior barroco, llena de calidez cuya planta fue transformada a mitad de su construcción, convirtiendo ésta más en un panteón más que en una Iglesia, de hecho, en sus inicios no se destinó a iglesia católica, sino que se utilizó como Templo a la Gloria de la Grande Armée, uso cívico que llevó a cabo hasta que se terminó de construir el Arco del Triunfo.

Y es que mientras sus altas columnas definen el cielo de París, sus miles de flores llenan de color el gris de la ciudad.  Un lugar diferente, personal y siempre lleno de cultura y acción.

Este verano, los conciertos eclesiásticos son su fuerte, desde conciertos de Vivaldi hasta coros venidos desde Inglaterra o Estados Unidos.

Unos de los que han pasado bajo sus arcos y han alzado sus voces ante los frescos de Napoleón han sido los hombres y mujeres del coro Llandaff Cathedral Choral Society con su concierto Requiem de Fauré dirigido por Dominic Neville y con Jacob Cooper como barítono, Sarah Fisher como soprano y Guy Withers como tenor.

Sus voces alzadas a las cúpulas regalan un eterno atemporal en el que simplemente con cerrar los ojos, las vivencias de otras épocas se cuelan en el alma y cierran la garganta.

La belleza y la originalidad de la Iglesia aderezada con voces angelicales, clásicas que calan los ojos y arrodillan los sentidos encontrando una paz que recorre en cruz, el arco de los sueños.

Otro tipo diferente de plegaria es la que regalan los cantantes de Gospel Dream, quienes desde 1989 llevan transportando los auténticos cánticos de la iglesia Afro-Americana.

Mientras los ingleses regalaban sus voces a los asistentes, los estadounidenses cobran hasta 33 euros por entrada para poder escuchar el que ellos mismos dicen es “el sonido de la vida eterna”.

Al entrar en la sala, el comienzo del concierto deja a los asistentes patidifusos en sus asientos. Como un trueno, las voces se alzan hasta el séptimo cielo creando un vendaval de ecos que resuenan en cada bóveda.

Sus cánticos se visten de África y transportan a la sabana, a los atardeceres rojos y culturas milenarias en las que el inicio de la vida tuvo lugar. Las tonalidades aterciopeladas y llenas de fuerza hablan de mestizaje y de una nueva forma de entender la religión europea a ritmo de saxo.

Una cultura ancestral que supo adaptarse a la imposición haciéndola propia y adaptando ésta nueva forma de pensar a sus días y costumbres.

Baile y ritmo se concentran para dejar salir la fe a base de baile, sonrisas y esperanza que llega en canciones y mensajes de amor como: “Busca la luz mediante el respeto propio y el entendimiento para con los demás. Di hola, cómo estás. Di gracias. Di te quiero a cada persona que haya en tu vida creando la costumbre de cuidar a los demás para que éstos a su vez, cuiden a quienes les rodean”.

Así, a ritmo de jazz y solidaridad es imposible no ponerse en pie y cantar entre palmadas: “Aleluya”.